Luis García-Ochoa, en la memoria

Academia / 24 de febrero de 2020
Luis García-Ochoa, en la memoria

El pintor Luis García-Ochoa (Donostia-San Sebastián, 1920 - Madrid, 2019) es recordado por Manuel Alcorlo en nombre de la Academia en un acto de homenaje a su persona y su obra.

Hijo de arquitecto, al terminar la guerra civil García-Ochoa inició sus estudios en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, simultaneándolos con clases en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, una aproximación que le decantaría definitivamente hacia la práctica de la pintura, a la que se dedicará de forma autodidacta.

En la década de 1940 comenzó a frecuentar a un grupo de jóvenes artistas que compartían, según sus propias palabras “una valiente actitud para afrontar el fenómeno existencial y la empecinada y vehemente búsqueda de unos ideales”. Con motivo de su ingreso en la Academia en 1983, pronunció el discurso Benjamín Palencia, su entorno y su época, cargado de evocaciones autobiográficas y dedicado a quien reconocía como uno de sus principales referentes. Revela en las páginas de su discurso que “el Prado fue mi primera enseñanza […]. No voy a insistir en el oscurantismo cultural en general y pictórico en particular que reinaba en aquellos años. Me fijaré, por el contrario, en los nombres de los artistas que más me interesaron: José Gutiérrez Solana, Daniel Vázquez Díaz, Pancho Cossío y Benjamín Palencia”.

Asistió al taller constituido por Palencia, núcleo en torno al que orbitó la segunda Escuela de Vallecas, a la que García-Ochoa estuvo muy cercano como visitante asiduo del taller. Aunque no formó parte activa en la constitución de aquella experiencia plástica, sin duda la Escuela de Vallecas ejerció un poderoso influjo en su obra. En 1945, varios de los pintores integrantes o próximos al grupo de Vallecas, entre ellos Álvaro Delgado y Luis García-Ochoa, expusieron en la galería Buchholz, y fueron bautizados con el nombre colectivo de Escuela de Madrid o Joven Escuela Madrileña. Los unía el rechazo al academicismo anecdótico y a la política cultural del régimen: “fue una agrupación de amigos con unas ideas estéticas próximas que en años precarios nos reunimos para mostrar nuestros trabajos”.

En 1949 recibió una beca del Gobierno francés para viajar a París, y allí conoció las propuestas de la vanguardia, de manera muy especial a Bonnard, pero también a Van Gogh, Gauguin… y Picasso, de quien confesaría: “Picasso era un pozo de luz y desesperación que se nos venía encima como una gárgola poderosa que se reía de nuestra ignorancia y que cerraba todos los caminos posibles”. Años más tarde, en 1951 y 1953, viajaría a Italia, quedando impactado por la dimensión estética y la destreza técnica de los maestros antiguos.

Participó en varias Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, en 1947 fue seleccionado para la exposición de arte español contemporáneo celebrada en distintos países de Iberoamérica, y fue invitado a la Bienal de Venecia en 1950, 1952 y 1954. En 1965 obtuvo el Gran Premio de la Bienal del Mediterráneo en Alejandría.

Complementario de su ejercicio de la pintura fue su interés por la música, su atracción por la poesía y su intensa dedicación al arte gráfico, específicamente al aguafuerte y litografía. Desde comienzos de la década de 1970 intensificó su actividad de ilustrador en ediciones de bibliofilia de escritores antiguos y modernos, como Quevedo, Machado, Rilke, Baroja, Neruda… Su experiencia en el campo de la estampa tuvo como correlato el nombramiento de académico delegado de la Calcografía Nacional, cargo que ostentó desde 1986 a 1988.

En 1993 fundó la Escuela de Pintores Figurativos del Escorial, reuniendo en torno a su figura a un importante número de jóvenes artistas.

Al respecto de su obra, dejó escrito: “Mi pintura intentaba dar una visión intensamente humana, representando al hombre con su drama, sus burlas, sus enloquecidas actitudes […]. El deseo de penetración del alma humana me condujo desde el fauvismo hasta el expresionismo, que asumía el drama de Europa: sus guerras, sus brutales absolutismos, sus corrupciones, sus catástrofes […], esa manera, en fin, como de estar al borde de la destrucción”.

Sin embargo, esa reflexión sobre la condición humana estuvo filtrada en la obra de García-Ochoa por el tamiz de una fina ironía, en la que convergen la narrativa grotesca y burlona de Quevedo, el esperpento de Valle-Inclán o el existencialismo de Camus. El historiador Enrique Lafuente Ferrari, en la contestación a su discurso de ingreso en la Academia, lo definió así: “En García-Ochoa hay un sesgo que le hace ver en el espectáculo humano su lado irónico y paródico. La angustia y el miedo que observa en los hombres son vencidos por la risa, y ve el espectáculo humano con una compasiva mirada y lo contempla con misericordiosa ironía”.