Cuarteto Bretón
Un estreno y dos prodigios

Concierto / 20 de mayo de 2017
El título “Un estreno y dos prodigios” de este concierto se articula en torno a un programa de tres composiciones que, de algún modo, representan tres estrenos para el Cuarteto Bretón. La obra de Hermes Luaces, dedicada al propio Cuarteto, se ofrecerá en estreno absoluto; la composición de Samuel Barber será estrenada por el nuevo violista del grupo, Alberto Clé, y finalmente la pieza escogida de Joaquín Turina será interpretada por vez primera en concierto por el Cuarteto. 
 

Cuarteto Bretón

Anne-Marie North            violín

Antonio Cárdenas             violín

Alberto Clé                        viola

John Stokes                       violonchelo
 
 
 

Programa  

Hermes Luaces (1975). Cuarteto de cuerda n. 1 (2016) *

Samuel Barber (1910-1981). String Quarter op. 11 (1936)

Joaquín Turina (1882-1949). Cuarteto de cuerda op. 4, “De la guitarra” (1910) 

* Estreno absoluto
 
 
Conocimos a Hermes Luaces (Madrid, 1975) en el estreno de su obra Anatomías de remolino, concierto para percusión, coro y orquesta, encargo de la ORCAM y dedicado a Eloy Lurueña, en julio de 2014. Impresionados con la obra y el resultado en el público, hablamos de la posibilidad de una colaboración y su Cuarteto de cuerda n. 1 (2016) es el resultado del encargo del Cuarteto Bretón.

El compositor ha escrito sobre su obra: “Este cuarteto muestra muchas de las preocupaciones e intereses artísticos que rondan en la actualidad por mi cabeza. Por una parte, un acercamiento a la Naturaleza como devenir, una aproximación a la vida como cambio constante, como flujo irreversible de experiencias que mutan tan imperceptiblemente unas en otras que, en ocasiones, nos resulta difícil distinguir lo real de lo imaginado, la ventura de la desventura, lo placentero de lo doloroso, lo importante de lo trivial… Por otra parte, en este cuarteto se hace evidente mi esfuerzo por desdibujar las fronteras entre el mundo de las, así llamadas, música culta y la popular y mi apuesta por desarrollar un lenguaje que, partiendo de elementos que conectan con la sensibilidad musical mayoritaria en la actualidad, sea capaz de alcanzar las parcelas más sutiles de la inteligencia.

Si entramos un poco más en detalle veremos que la obra está dividida en tres movimientos que, sin embargo, están vinculados entre sí de tal manera que pueden entenderse como una unidad. El primer movimiento, “Eléctrico”, comienza con un riff muy cercano al mundo del rock que va enriqueciéndose progresivamente hasta colapsar en una secuencia de potentes acordes que, súbitamente, dan paso a una textura mucho más diáfana, sin abandonar el carácter rítmico, en la que el violonchelo toma el papel protagonista. Esta textura se presenta en tres ocasiones sucesivas en cada una de la cuales sufre una ligera transformación. Finalmente, la metamorfosis se completa dando lugar a una música completamente distinta de gran viveza rítmica con todos los instrumentos en staccato. La inestabilidad persiste y el staccatose transforma paulatinamente en largas y expresivas notas que auguran el segundo movimiento.

Este movimiento presenta un carácter marcadamente diferente, “Con ternura”. Está basado por entero en una melodía que va recubriéndose en cada repetición de diferentes texturas heterofónicas que mutan progresivamente su significado emocional.

El último movimiento comienza retomando un puente característico del primero pero que nos conduce esta vez a un mundo muy diferente, “Agitado”. Las agresivas e impredecibles puntuaciones de los instrumentos en fortissimo se entremezclan con nerviosos gestos ondulantes que terminan confluyendo en un unísono que remite al riff inicial de la obra. Tras una nueva y violenta irrupción rítmica, emparentada también con el movimiento inicial, la textura cambia bruscamente abriendo paso de nuevo a la melodía que protagonizaba el segundo movimiento. A partir de este momento escuchamos una serie de reapariciones de los diferentes materiales musicales de la obra en cada una de las cuales cada material se metamorfosea en otro dejando patente un inesperado vínculo entre lo que, en principio, podrían parecer mundos diametralmente opuestos”.

El autor del célebre Adagio para cuerdas (transcripción del segundo movimiento de su Cuarteto de cuerdas op. 11, 1936), Samuel Osborne Barber, nació en Pensilvania el 9 de marzo de 1910 –por casualidad, el mismo año de la composición del cuarteto de Joaquín Turina de este programa–. Sus padres pretendían que fuera médico pero Samuel, antes de los diez años, los convenció de que su vocación era otra; pese a todo, llevaban tiempo escuchando las canciones que el futuro autor componía a cualquier hora con una naturalidad asombrosa. Por si ello no resultara suficiente, a los nueve años dirigió a su madre una carta informándole de su irrevocable decisión:

Querida madre: te escribo para contarte un secreto que me preocupa. No llores cuando lo leas porque no es culpa tuya ni mía [...]. Para empezar, no he nacido para ser un atleta. He nacido para ser un compositor y lo seré, estoy seguro. Te ruego que no me pidas que lo olvide y que vaya a jugar al fútbol. Por favor. Algunas veces esto me preocupa tanto que me vuelve loco (aunque no mucho). Te quiere [...]”.

Así pues, a los catorce años ingresó en el Instituto de Música Curtis de Filadelfia, donde se graduó en 1935, poco antes de cumplir los veinticinco años. Luego de iniciar una prometedora carrera como cantante y compositor, en 1939 regresó a su alma mater para ejercer durante algún tiempo como profesor de orquestación. El lenguaje musical de Barber está fuertemente anclado en el siglo XIX, y aunque rítmica y armónicamente diseñó estructuras bastante complejas, la naturalidad y sencillez de su obra se asienta fundamentalmente en la preeminencia de la melodía que, para sus seguidores, hablaba por sí sola.

El Cuarteto de cuerdas op. 11 de Barber fue terminado durante una estancia en Austria, y estrenado en Roma en 1936. El cuarteto tiene tres movimientos; el segundo de ellos es el que, en arreglo orquestal, se convertirá posteriormente en el célebre Adagio para cuerdas, la pieza más interpretada de Barber y tal vez la rúbrica del compositor estadounidense: un lamento en clave menor capaz de suscitar en el oyente la más profunda melancolía.

Joaquín Turinanació en Sevilla el 9 de diciembre de 1882 en el seno de una familia de clase media. Con cuatro años adquirió la reputación de niño prodigio por sus improvisaciones con un acordeón regalado por una de las criadas. Sus primeros éxitos como intérprete y compositor los obtuvo con un quinteto con piano que formó con unos amigos y al que dieron el nombre de La Orquestina para actuar en fiestas y reuniones.

Iniciados y abandonados los estudios de medicina, decidió dedicarse profesionalmente a la música y su maestro García Torres le señaló la necesidad de trasladarse a Madrid. En su primer viaje a la capital, una etapa que duró entre 1902-1905, su padre movilizó a sus amistades, sobre todo al pintor José Villegas. En una audición privada conocerá a Conrado del Campo del que luego sería compañero durante tantos años. Conoció a Manuel de Falla, al que le unirá una amistad de toda la vida. Su vida personal cambió radicalmente entre 1903 y 1904 con la muerte de sus padres y la decisión de seguir el consejo de José Villegas de trasladarse a estudiar a París.

Turina se instaló en París a finales de 1905, en el Hotel Kléber y por mediación de Joaquín Nin empezó a dar clases de piano y de composición con Moritz Moszkowski. A las pocas semanas, en enero de 1906, siempre a través de Nin, se inscribió en las clases de composición de Vincent D’Indy en la Schola Cantorum, aunque continuó con Moszkowski como profesor de piano.

El 29 de abril de 1907 se presentó con éxito frente al público parisino en la Sala Aeolian. Junto al Cuarteto Parent, interpretaron quintetos de Brahms y de Franck, y Turina en solitario presentó su Poema de las estaciones. A los ocho días volvió a la misma sala con el mismo cuarteto para el estreno de su Quinteto en sol menor. La obra tuvo éxito, entró en el repertorio y fue galardonada en el Salón de Otoño del año siguiente. Al organizar su propio catálogo, Turina considerará este Quinteto como su primera obra, ignorando todo lo escrito con anterioridad.

Pero el mejor premio fue que en la Sala Aeolian estaba Isaac Albéniz. Turina confesaría que la conversación con Albéniz y con Falla, que también estaba entre el público, en la velada que siguió a ese concierto le cambió completamente sus ideas estéticas. La definió como la metamorfosis más completa de su vida.

Albéniz puso todo su empeño para que el Quinteto se editara y a cambio le hizo prometer a Turina que nunca más escribiría música de influencia francesa, que basaría su arte en el canto popular español o, mejor aún, andaluz.

Su Cuarteto de cuerda en re menor op. 4, “de la guitarra”, de cinco movimientos, fue compuesto en mayo de 1910. Lo estrenó el Cuarteto Touche en la famosa Sala Pleyel de París el 11 de marzo de 1911 y fue dedicado “A la memoria de mis padres, Joaquín Turina y Concepción Pérez”. Se interpretó en Madrid por primera vez el 19 de octubre de 1914 a cargo del Cuarteto Renacimiento, de Barcelona, a cuyo frente, como primer violín, figuraba el compositor Eduardo Toldrá. En sus cuadernos de notas, Turina escribió sobre su propia obra:

Mi propósito al escribir esta obra es ante todo la melodía. Su carácter es español, con sentimiento andaluz. Aunque influenciado por d'Indy presenta ya un panorama español, si bien visto desde París” [1945].

“Aunque con influencias de la Schola [Schola Cantorum de París], comienza la evolución andaluza. Exceptuando los retorcimientos del zortzico, la escritura es normal. Consta de cinco tiempos, basados en las seis notas cordales de la guitarra, a modo de diseño generador” [1946].

En su etapa parisina Turina escribió otras diez obras en las que poco a poco va distanciándose del ambiente de la Schola Cantorum para dar paso a los cantos, ritmos, luz y alegría tan característicos de su Andalucía natal. En 1913 culminó su periodo de formación en la Schola Cantorum. El certificado de estudios firmado por Vincent D’Indy está fechado el 4 de marzo y el día 30 de ese mismo mes se estrenó con enorme éxito en el Teatro Real de Madrid La procesión del Rocío por la Orquesta Sinfónica bajo la dirección de Enrique Fernández Arbós. El estallido de la Primera Guerra Mundial forzó la salida de París y el retorno definitivo de Turina a Madrid, donde falleció el 14 de enero de 1949.

John Stokes
 

Cuarteto Bretón

Hermes Luaces

 

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Información

  • Salón de actos
  • Sábado 20 de mayo, 12:00 horas
  • Entrada libre y gratuita hasta completar aforo

Organizadores