Los primeros estatutos

Breve noticia histórica

La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, antes de ser tal, conoció un tiempo de rodaje bajo la denominación de Junta Preparatoria entre 1744 y 1752. El escultor italiano Giovan Domenico Olivieri desempeñó un papel principal en los años que estuvo al frente del taller de escultura del Palacio Real Nuevo, cuando puso en marcha por privilegio real una Academia privada que funcionó entre 1741 y 1744

De esta primera experiencia de alcance particular saldría la idea de fundar una Academia que ya Olivieri expuso a Felipe V en 1742, pero que no llegó a materializarse hasta dos años más tarde y sólo como tal Junta Preparatoria. Su concepción se debe sin duda a Olivieri pero sin dejar de reconocer la intervención decisiva de Sebastián de la Cuadra, marqués de Villarias, primer Secretario de Estado y del Despacho, a quien además debemos la venida a España del escultor italiano. Olivieri redactó para aquella Junta Preparatoria unas “Reglas que se proponen al Exmo. Señor marqués de Villarias para que después de dos años de práctica que parecen convenientes por ahora, puedan contribuir a la formación de leyes para la Academia de Escultura, Pintura y Arquitectura que se intenta fundar en Madrid debajo la protección del Rey”[i].

Se trata sin duda del primer intento de fijar unas bases estatutarias de un proyecto que contó con la aprobación real en julio de 1744, en el que por decisión de Felipe V se vieron comprometidos tanto el propio marqués de Villarias, que sería el primer Protector de la Junta Preparatoria, como Fernando Triviño, primer Vice-Protector, sobre cuyas espaldas recaería precisamente la tarea de elaborar los estatutos de la futura Academia cuando se extinguiese la Junta Preparatoria. Como Director General de la misma figuraría Olivieri, acompañado por seis maestros directores y otros tantos honorarios, todos ellos artistas de profesión. La presencia real en esta primera Junta Preparatoria quedaba reforzada por la incorporación de cinco gentilhombres de la Cámara del rey.


[i]Bédat, Cl.: L’Académie des Beaux Arts de Madrid, 1744-1808, Toulouse, Publications de l’Université, 1973, pp. 7 y ss. [traducción española por la Fundación Universitaria, Madrid, 1989].

Triviño, con una dilatada experiencia en el servicio de la Administración, recibió el encargo de redactar unos primeros estatutos que, desgraciadamente, no se conservan pero que nos consta existieron pues Triviño se refiere de un modo explícito en una carta dirigida a Miguel Herrero de Ezpeleta, fechada el 27 de febrero de 1747. En efecto, Ezpeleta, que había sido secretario particular de Villarias y era por entonces Oficial Cuarto de la Secretaría de Estado, le había devuelto a Triviño el borrador de los estatutos y éste agradece “las notas que los acompañan las que me han parecido tan discretas, prudentes y oportunas que ya tengo enteramente adoptada la mayor parte de ellas”[i].

Son los primeros estatutos cuya existencia viene corroborada además por abundante documentación posterior, de tal modo que el propio Triviño, una vez recogidas las observaciones de Ezpeleta, remitía a José de Carvajal y Lancaster, ahora el nuevo Secretario de Estado, para su corrección y censura “la minuta que en virtud de Reales órdenes he formado para el establecimiento de la Real Academia de Pintura, Escultura y Arquitectura […] y suplica a V.E. que luego que la haya visto, y en caso de que merezca su aprobación, mande se me restituya para comunicarla a la Junta preparatoria de la Academia, en la que es necesario se examine, y concuerde, a fin de que con este requisito se la remita yo a V.E. para que facilitando la Real aprobación de S.M. se pueda poner en execución”[ii].

He aquí el trámite de aquellos primeros estatutos cuya real aprobación se fue posponiendo, de tal modo que por fallecimiento de sus iniciales protagonistas cambiaron todos los actores: el nuevo monarca era Fernando VI desde 1746; Carvajal había sido nombrado en aquel mismo año Protector de la Academia, y a Triviño le sucedió Baltasar de Elgueta en 1748[iii]. En junio de este año se “remitió a la Junta la minuta de los Estatutos que para el régimen y gobierno de la Academia formó el Sor. Dn. Fernando Triviño” prolongándose durante mucho tiempo su tramitación.

El contenido de estos primeros estatutos lo conocemos indirectamente a través de las observaciones hechas por el escultor Felipe de Castro[iv] de las que se desprende la diferente concepción que Triviño y el escultor tenían de la Academia. Para aquél la responsabilidad de la institución descansaba en el Vice-Protector y Consiliarios –los antiguos Gentilhombres de Cámara- y no en los artistas, mientras que para Felipe de Castro el control de la Academia debía estar en manos de los profesores, esto es, una corporación de artistas gestionada por y para los artistas, con una ineludible presencia no profesional afecta a la corona pero de limitado peso en la dirección de la Academia, y tan sólo para darle un cierto tono, como se decía en el estatuto dedicado a los Consiliarios.


[i]Archivo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, sign. 3-25/1: “D. Fernando Triviño a D. Miguel Herrero de Ezpeleta remite los Estatutos de la Academia, y previene que los reparos que se le han ofrecido prevenir vienen puestos en unas esquelas dentro del pliego a donde corresponde. Madrid, 3 de mayo de 1747”.
 

[ii]Archivo R.A.B.A.S.F., sign. 3-25/1: “Carta de D. Fernando Triviño a D. José de Carvajal y Lancaster. Madrid, 30 de mayo de 1747”.

 
[iii]Archivo R.A.B.A.S.F., sign. 39-8/1: Nombramiento de Baltasar de Elgueta como Vice-Protector de la Academia, a propuesta de D. José de Carvajal, para que en sus “ausencias y ocupaciones presida y gobierne la Junta con las mismas facultades que lo ha podido y debido hacer el difunto Dn. Fernando Triviño […] Buen Retiro, 10 de abril de 1748”.

[iv]Bédat, ob. cit., pp. 43-46.
 

Bien sea por influencia de Felipe de Castro o por razones difíciles de precisar todavía, lo cierto es que aquel carácter eminentemente profesional se recogió en los estatutos que, finalmente, sancionó Fernando VI el 8 de abril 1751. De estos tan sólo conocemos una copia manuscrita ya que nunca llegaron a conocer la letra impresa, a pesar de que en ellos figura una partida de seis mil reales de vellón “que se considera importarán la crecida impresión y encuadernación de estos estatutos que debe hacerse para repartir a los individuos”[i].

Pese a que se trata de un texto bien estructurado su articulación resulta todavía algo enojosa, cuenta con alguna tachadura, dudas acerca de la ubicación del artículo referente a la dotación de la Academia, además de observarse la ausencia del artículo sobre el Protector “por haberse quedado el pliego 5 donde estaba escrito en casa de Wall uno de los días de la Junta Académica”. El contenido de estos estatutos evidencian lo ya manifestado sobre la idea de una Academia de, por y para artistas, donde junto al Protector, Vice-Protector y seis Consiliarios, pesaban decisivamente por número y capacidad ejecutiva los treinta y dos artistas que desempeñaban los cargos de Director General, Maestros directores, Tenientes de maestros, Profesores y Sustitutos, a todos los cuales les correspondía una remuneración proporcional a su trabajo.

Estos estatutos de 1751 fueron la base sobre la que, finalmente, se fundó la Real Academia de Bellas Artes, según Real Decreto de 12 de abril de 1752, de ahí que haya que subrayar su importancia. Sin embargo, es algo más que sospechoso que nunca se llegaran a publicar, dando la sensación de una cierta interinidad, no dejando de sorprender que años más tarde todavía estuvieran reducidos a copias manuscritas que pasaron de mano en mano siendo Protector de la Academia don Ricardo Wall y Devreux, Primer Secretario de Estado, en cuya casa se había quedado algún que otro pliego. Teniendo en cuenta que Wall fue nombrado Protector por el rey en 1754 cabe deducir que la referida y única copia de los estatutos de 1751, datan de esta fecha o poco más[ii]. Parece deducirse por la documentación conservada que con la llegada de Wall se decidió dar una suerte de golpe de mano a esta Academia de profesores para convertirla en un órgano controlado por la nobleza[iii]. Son clarividentes algunos datos procedentes del Archivo de la Academia que, aunque muy incompletos en estos años, nos permiten conocer la existencia de unos “Estatutos que se leyeron, corrigieron y enmendaron en Casa del Sr. Duque de Alba, haciendo de Secretario el Sr. Viceprotector [Tiburcio Aguirre], y se mandaron poner en limpio, los cuales con la copia en limpio se cotejaron en la Junta celebrada en Casa del Sr. Protector [Wall]; que no habiendo hallado reparo mandó se escribiesen en vitela para presentarlos a S.M. como se hizo; y firmó S.M. en 30 de mayo de 1757”[iv].



[i]Archivo R.A.B.A.S.F., sign. 3-32/1: “Copia de los Estatutos que firmó el Rey en 8 de Abril de 1751. En tiempo de D. Joseph de Carbajal”. Se trata de una copia prácticamente definitiva de los estatutos cuyo original debía estar en el Archivo de la Academia a juzgar por la nota que cierra el texto en el folio 17, el último del que se compone este manuscrito.
 

[ii]Un papel suelto del Archivo de la Academia (sign. 3-33/1), fechado el 19 de marzo de 1755, dice “Copia de los Estatutos que se entregaron al Sr. Dn. Ricardo”, que sin duda se debe referir a Ricardo Wall.

 
[iii]Bédat (ob. cit., pp. 65 y 416) recoge muy perspicazmente los nombres de los redactores de los nuevos estatutos: Fernando de Silva y Álvarez de Toledo, duque de Alba; Antonio Álvarez de Toledo, marqués de Villafranca; Joaquín Manrique de Zúñiga, conde de Baños; Joaquín de Zúñiga y Castro, duque de Béjar; y Agustín de Montiano y Luyando.

 
[iv]Archivo R.A.B.A.S.F., sign. 3-34/1. No se conserva el texto de los estatutos.

No se conservan estos estatutos pero dada la fecha en que se refrendan con la firma del rey, en el día mismo de su onomástica, no cabe la menor duda sobre que son los mismos estatutos que acabarían publicándose en 1757, es decir, los primeros estatutos impresos de la Real Academia de San Fernando, pues éste y no otro fue el primer nombre de la Academia[i]. Su preámbulo resulta del máximo interés ya que resume puntualmente lo sucedido en la Academia, distinguiendo muy bien la etapa de la Junta Preparatoria y el por qué de su dilación más allá de los dos años previstos, así como la sorprendente reforma de los estatutos al poco tiempo de fundarse la Academia:
“Por cuanto el Rey mi Señor y Padre […] determinó fundar y dotar para las Tres Nobles Artes una nueva Real Academia. Y para que en su formación se procediese con acierto aprobó en trece de julio de mil setecientos cuarenta y cuatro un proyecto de Estudio público de ellas, bajo la dirección de una Junta que formó con el título de Preparatoria[…], con el fin de que se reconociese en la práctica y experiencia de algunos años las reglas que convendría observar, sirviese la citada Junta como de ensayo, o modelo para el establecimiento de la futura Academia […], tuve a bien en doce de abril de mil setecientos cincuenta y dos elevarlos [los estudios] al grado de Academia Real […], dando para su gobierno las Leyes que por entonces parecieron oportunas, hasta tanto que yo tuviese a bien dar y mandar publicar los formales Estatutos con que ha de gobernarse perpetuamente la Academia. Y habiéndome representado ésta su estado, las experiencias adquiridas desde su erección […] me pidió le concediese los expresados formales Estatutos, y las Leyes para su gobierno y subsistencia […] he resuelto renovar la citada creación de la Academia de doce de abril de mil setecientos cincuenta y dos […], anulando […] los Estatutos firmados de mi Real mano […] y en cualesquiera otras Órdenes y Decretos todo aquello que directa, o indirectamente, se oponga a lo contenido en los presentes, por haber manifestado la experiencia no ser conveniente ni conforme a mis intenciones: siendo mi expresa voluntad que en todo y por todo se cumplan, guarden y ejecuten las Leyes y Estatutos siguientes […]”.

En otras palabras, estamos ante una verdadera refundación de la Academia que, con unos estatutos diferentes y una mayor cuantía en su dotación, inició una etapa nueva. Lo más sustancioso de los nuevos estatutos radicaba en el traspaso de la responsabilidad última de la Academia desde las manos de los artistas a la de los Consiliarios, es decir a la nobleza. Baste recordar, entre otros muchos aspectos, que los Consiliarios pasaron de meros espectadores, más o menos preclaros y brillantes, en los estatutos de 1751, que no estaban obligados a asistir a todas las Juntas, a ser las piezas claves en el gobierno de la Academia. Así, en el nuevo aparatado dedicado a los Consiliarios en los estatutos de 1757, se dice que asistirán con voz y voto a todas las Juntas, hasta el punto de que faltando el Protector o Vice-Protector las convocaría y presidiría el Consiliario más antiguo, absteniéndose en aquellas votaciones de carácter facultativo pero autorizando su resultado. Para que no quedara lugar a duda sobre el papel de los Consiliarios en la Academia los nuevos estatutos recalcan que su principal cometido “ha de ser tratar, y resolver con el Protector y Vice-Protector en las Juntas Particulares todos los negocios de gravedad, como son los gastos extraordinarios considerables, y además de las materias que se expresan en estos Estatutos todas aquellas que interesen el cuerpo de la Academia […]. Por lo mucho que importa para excitar la aplicación la presencia de personas autorizadas, encargo a los Consiliarios la asistencia, no sólo a las Juntas, sino es también a los Estudios de la Academia. En poder de uno de los Consiliarios estará siempre una de las tres llaves de la Arca, y las dos en el Vice-Protector, y Secretario, sin que con motivo alguno puedan cederlas a otro sin noticia del Vice-Protector: y sea siempre Consiliario el que la tenga”[ii]. Añádase a ello el refuerzo de los Académicos de Honor quienes, en las Juntas Particulares y Ordinarias a las que asistieren, tendrían voz y voto, hasta el punto de presidir las propias Juntas en defecto del Protector, Vice-Protector y Consiliarios.

De este tenor es todo cuanto se refiere al gobierno de la Academia en los estatutos de 1757, poniendo en evidencia la quiebra de confianza que había producido la gestión de la Academia en manos de los artistas durante los años anteriores.

Muchas cosas podrían decirse del contenido de los estatutos de 1757, pues perfilaron el procedimiento seguido por la Academia hasta bien entrado el siglo XIX, pero no queremos dejar de mencionar su repercusión en los estatutos de las futuras Reales Academias de España. Sirva de ejemplo la fundación de la Academia de San Carlos de Valencia, a propuesta de la de San Fernando en 1760, que después del peregrinaje por su correspondiente Junta Preparatoria, alcanzó por gracia de Carlos III la consideración de Real Academia (1765). Para ello era necesario redactar unos estatutos que previamente se sometieron a la censura y aprobación de la de San Fernando y que, naturalmente, con las lógicas diferencias, resultaron ser una transcripción prácticamente literal y con idéntico índice que los estatutos de San Fernando de 1757, sancionados por el rey en 1768[iii].

Dentro del siglo XVIII hubo intentos de modificar los estatutos pero tan sólo en aquello que afectaba a la enseñanza y no al carácter mismo de la Academia, lo cual era lógico si se tienen en cuenta los cambios estéticos producidos en la segunda mitad del siglo, en el decidido paso hacia el neoclasicismo. Pero ninguna alteración se produjo en los estatutos, como recoge Caveda, y las nuevas ideas de Mengs para transformar la Academia cayeron en el olvido: “Encontraba este proyecto la aquiescencia de las personas más ilustradas. Azara, Ponz, Jovellanos, LLaguno, Hermosilla, cuantos amaban las Artes y habían dado pruebas de conocerlas, le concedían sus simpatías, considerándole no sólo útil, sino necesario. Mas, por desgracia, para realizarle era preciso infundir otro espíritu a la Academia; darle otra organización; variar sus Estatutos. Los que la recogían acomodábanse primero al mecanismo de las escuelas que a las funciones de una corporación esencialmente consagrada a propagar el buen gusto de las Artes, ilustrar su historia y promoverlas con éxito cumplido”.

Sin duda se vislumbra aquí un quiebro que no fructificará hasta el siglo XIX, pues Mengs pensaba que la Academia, además de enseñar debía cumplir otras funciones: “En su propósito de regenerarlas [las Artes], trabajó Mengs lo que creía más a propósito para conseguirlo, abrigando la ilusión de que su misma bondad y las circunstancias que los exigían les aseguraría una aprobación unánime. Pero las variaciones que en ellos se introducían eran harto radicales y se desviaban notablemente de los puestos en observancia, para que no hiriesen la susceptibilidad del mayor número de los profesores, contrariando las convicciones adquiridas bajo otras influencias y otras ideas […] no se concibió la existencia de la Academia sino de la manera que se hallaba originalmente, y el pensamiento de Mengs, a pesar del voto de los inteligentes, fue desechado” de tal modo que los “primitivos Estatutos continuaron observándose religiosamente”[iv].


[i]Estatutos de la Real Academia de S. Fernando. En Madrid: en Casa de D. Gabriel Ramírez, Impresor de la Real Academia. Año MDCCLVII.
 

[ii]Estatutos…, pp. 15-17.

 
[iii]Estatutos de la Real Academia de San Carlos, Valencia, Imp. de Benito Monfort, 1828.

 
[iv]Caveda, J.: Memorias para la Historia de la Real Academia de San Fernando y de las Bellas Artes en España, Madrid, Imp. de Manuel Tello, 1867, vol. I, pp. 152-153.
 

Nada notable se produce en el orden estatutario hasta el siglo XIX, al establecerse una separación formal entre la Real Academia de San Fernando –que nunca se llamó en este tiempo “de Bellas Artes”- y la que desde 1844 fue Escuela de Nobles Artes, dependiente de la Academia, como no podía ser de otro modo. Es sin duda el cambio más profundo de la historia de la Academia que le llevaría, ya en la segunda mitad del siglo XX, a desvincularse totalmente de la enseñanza que paradójicamente había sido su razón de ser.

Todo esto se debe a un Real Decreto de 25 de septiembre de 1844 en cuyo preámbulo se dice literalmente: “Tiempo hace ya que se reclama por todos los amantes de las bellas artes una reforma radical de su enseñanza, a fin de elevarla a la altura que tiene en otras naciones europeas, dándole la extensión que necesita para formar profesores. Cierto es que la Real Academia de San Fernando ha desplegado siempre el más laudable celo en favor de esta enseñanza; pero escasa de medios, no ha podido menos de darla incompleta […]”.

Reinaba en aquel momento Isabel II y estos cambios coincidieron con la llegada de los moderados al poder, encabezados por Narváez, figurando entre sus ministros Pedro José Pidal, académico de San Fernando por la Sección de Arquitectura. De aquí que los estudios de arquitectura alcanzaran muy pronto una vida propia e independiente de la mencionada Escuela de Nobles Artes, con lo que se fue haciendo cada vez más evidente la cesura producida entre la Academia y las enseñanzas artísticas[i]. La nueva Escuela de Nobles Artes contó inmediatamente con un reglamento para su “régimen y organización”, publicado en 1845[ii], y al año siguiente se aprobaron los nuevos estatutos de la que desde entonces se llamaría Real Academia de Nobles Artes de San Fernando[iii].

De la separación entre Academia y Escuela surgió una nueva Academia en cuya organización y gobierno recuperaron terreno los artistas. Desaparecieron los Académicos Honorarios, haciendo a todos los individuos de la corporación “iguales en consideraciones y prerrogativas”. Se limitó el número de los miembros de la Academia, organizándolos por vez primera en secciones: pintura, escultura y arquitectura, en este orden. Se contempla la existencia de comisiones; se establecen juntas generales a la que tienen derecho a asistir todos los individuos de la corporación; se señala la existencia de académicos “corresponsales”; se nombra una Junta de Gobierno y, en fin se vislumbra una Academia que está en el origen de la actual, a través de treinta y seis artículos.

En el último de estos artículos se dice expresamente, y también por primera vez, que la Academia debía redactar un reglamento y elevarlo al Gobierno para su aprobación, pero éste no se llegó a aprobar nunca a pesar de que una comisión en la que estaban, entre otros, José de Madrazo, trabajó mucho[iv] en un texto firmado el 7 de abril de 1849 y sometido a la Academia en su Junta General de 10 de junio de 1849[v]. En su articulado se reconoce ya la espina dorsal de los futuros reglamentos aprobados y publicados de la Academia a lo largo de los siglos XIX y XX.

Después de varias tentativas para aprobar dentro de la propia corporación el reglamento, se envió finalmente al Gobierno uno el 22 de agosto de 1852[vi] que nunca se llegó a publicar y que desconocemos si estuvo en vigencia, pero del que se conserva una copia en el Archivo de la Academia[vii]. Esta carencia había obligado a desarrollar reglamentos sectoriales, sea para los concursos[viii], para los pensionados[ix], para los empleados y dependientes de la casa[x], o para el servicio de la Secretaría y del Archivo[xi], entre otros.


[i]Navascués, P.: “La creación de la Escuela de Arquitectura de Madrid”, en Madrid y sus arquitectos. 150 años de la Escuela de Arquitectura de Madrid, Madrid, Comunidad de Madrid, 1996, pp. 23-34.
 

[ii]Real Decreto, Órdenes y Reglamento para la organización y régimen de la Escuela de Nobles Artes de la Academia de San Fernando, Madrid, Imprenta Nacional, 1845.
 

[iii]Estatutos de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando Decretados por S. M. en 1º de abril de 1846, Madrid, Imprenta Nacional, 1846.
 

[iv]Archivo R.A.B.A.S.F., sign. 19-19/1: “Proyecto de Reglamento Interior para la Academia”, presentado en la Junta General de 9 de abril de 1848.

 
[v]Archivo R.A.B.A.S.F., sign. 19-19/1: “Reglamento de la Academia de San Fernando”. Consta de cinco capítulos y sesenta y tres artículos.

 
[vi]Archivo R.A.B.A.S.A.F., sign. 54-9/4: “Reglamento interior de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando que se remitió en 22 de agosto de 1852 para la aprobación del Gobierno”.

 
[vii]Archivo R.A.B.A.S.F., sign.: 19-19/1: “Reglamento de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando. 7 de agosto de 1852”. Consta de sesenta y nueve artículos.
 

[viii]Real Academia de Nobles Artes de San Fernando. Reglamento para el concurso (pintura, escultura y grabado en dulce), Madrid, Imp. Vda. de Jordán e Hijos, 1847.

 
[ix]Real Academia de Nobles Artes de S. Fernando. Reglamento Interior de la Academia para los ejercicios de los opositores a las pensiones decretadas por el Gobierno de S. M. con fecha 24 de mayo de 1847, Madrid, Imp. Vda. de Jordán e Hijos, 1847.
 

[x]Archivo R.A.B.A.S.F., sign. 95-4/5: “Reglamento para el servicio interior de la Academia en lo relativo a sus empleados y dependientes. 1857”.

 
[xi]Archivo R.A.B.A.S.F., sign. 95-4/5: “Reglamento para el servicio de Secretaría y Archivo. 1857. Reformado en 1864”.

De este modo, la Academia no conoció un reglamento hasta que se aprobaron los nuevos estatutos de 1864[i] que, en sus cinco capítulos y cuarenta y siete artículos, dieron lugar a un pormenorizado reglamento publicado un año después. Inicialmente no deja de llamar la atención la corta vida de los anteriores estatutos de 1846, pues no habían cumplido aún los veinte años de vigencia, pero las nuevas tareas asignadas por el Gobierno a la Academia justificaban una revisión de aquellos. Por otra parte, la estructura y jerarquía interna de la Academia conoció cambios sustanciales que la alejaban aún más del modelo dieciochesco para reconocer en ella a una institución más ágil y moderna al compás del tiempo que le tocó vivir, perdiendo del todo el carácter estamental que tuvo años atrás. En este sentido resulta muy significativa la desaparición de los seis Consiliarios que aún conservaba en los estatutos de 1846. Al propio tiempo, el objeto mismo de la Academia queda explícito en su primer artículo, no dejando la menor duda sobre su misión, al margen de las enseñanzas artísticas que no se mencionan en ningún caso. Así, la finalidad de la Academia de San Fernando era “promover el estudio y cultivo de las tres Nobles Artes, Pintura, Escultura y Arquitectura[ii], estimulando su ejercicio y difundiendo el buen gusto artístico con el ejemplo y doctrina”, es decir, una actividad fundamentalmente teórica y crítica que se sustanciaría a través de un plan de publicaciones (diccionarios, monografías, traducciones, etcétera), exposiciones, colecciones artísticas, además de nuevos cometidos como la inspección de museos y la restauración de monumentos. En cualquier caso unos objetivos absolutamente diferentes de los que hasta entonces había perseguido la Academia. Ello exigió, por ejemplo, la creación de comisiones permanentes dedicadas a la conservación de monumentos y a la inspección de museos, pues la Academia fue la institución que se hizo cargo de la Comisión Central de Monumentos Históricos y Artísticos, creada en 1844 e incorporada física y administrativamente al edificio de la Academia en 1859, con toda su abundante e importante documentación, de acuerdo con lo dispuesto por la Ley de Instrucción Pública de 1857[iii].

En aquellos estatutos de 1864 se redujo prácticamente a la mitad el número de académicos, pasando de un Presidente, seis Consiliarios y sesenta académicos, en 1846, a treinta y seis académicos entre los que se incluyen los cargos de Director, Secretario, Censor, Bibliotecario-Conservador y Tesorero que, como el resto de los Académicos de Número, percibirían una dieta por las asistencias a las juntas generales, esto es veinte reales de vellón por sesión. Se simplificaron igualmente las juntas, reduciéndolas a dos tipos, ordinarias y extraordinarias, en otras palabras, cabe advertir una verdadera refundación de la Academia en los estatutos de 1864, así como en su prolijo reglamento[iv], que está en la base de la posterior redacción de los reglamentos interiores que a aquél siguieron hasta alcanzar el presente de 2005.


 
[i]Estatutos de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando, aprobados por S. M. en 20 de abril de 1864, Madrid, Imp. de M. Tello, 1864.

 
[ii]Aunque no se menciona el grabado éste se contemplaba incluido y dividido entre las secciones de pintura y escultura, según se tratase de grabado en dulce o grabado en hueco.

 
[iii]Archivo R.A.B.A.S.F., sign. 339/3: “Escrito de Eugenio de la Cámara dando cuenta de las disposiciones de la Ley de Instrucción Pública y del traslado a la Academia de Comisión Central de Monumentos”.

 
[iv]Reglamento Interior de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando, Madrid, Imp. de M. Tello, 1865.

Como era previsible, con la llegada de la I República se redactaron y aprobaron unos nuevos estatutos que no obstante son literalmente los mismos que los isabelinos de 1864, salvo leves matices, un cambio en el título de la corporación y la presencia de una nueva sección. En efecto, el 12 de diciembre de 1873 el Gobierno de la República aprobaba un proyecto de estatutos para la que a partir de este momento se conocería como Academia de Bellas Artes de San Fernando[i], es decir, desaparecía el título de real y, pasaba a denominarse Academia de Bellas Artes manteniendo el patronazgo del santo rey. Creció, en cambio, el número de académicos que pasó de treinta y seis en 1864 a cuarenta y ocho, pero este crecimiento se debía a los doce miembros que a partir de aquel momento tendría la nueva Sección de Música, sin duda la mayor novedad de estos estatutos. En su artículo quinto se recoge la necesidad de redactar el correspondiente reglamento “con sujeción a lo previsto en estos estatutos” y al igual que existe una correspondencia literal entre los estatutos de 1864 y 1873, también el nuevo reglamento interior de la Academia, publicado en 1874[ii], coincide en todo con el texto del reglamento de 1865, salvo aquellas novedades aportadas en relación con la música.
A partir de aquí bien puede decirse que en el historial de los estatutos y reglamentos de la Academia, que bajo la Restauración alfonsina recuperó el título de Real Academia, sólo cabe encontrar modificaciones parciales de determinados artículos en función de cambios puntuales, de tal manera que asistiremos a continuas reediciones de los estatutos de 1873, como sucedió en las de 1895, 1915[iii] y 1925. La misma suerte corren los reglamentos aparecidos en 1914 y 1944, que recogen “algunas modificaciones impuestas por el uso”[iv].

En la segunda mitad del siglo XX se modificaron varias veces los estatutos, unas veces de forma directa y en otros casos por afectarle disposiciones generales que alcanzaban a las Reales Academias integradas en el Instituto de España[v]. En el primer caso, por su significación, cabe mencionar la separación de las funciones de Bibliotecario y Conservador que hasta 1954 habían sido desempeñadas por un sólo académico, el Bibliotecario-Conservador, y que desde entonces lo serían por el Bibliotecario y el Conservador del Museo[vi]. Así mismo, en 1982, se modificaron algunos artículos entre los que se encontraba el que definía las clases de académicos, incorporando la figura del académico “supernumerario”[vii] que desaparecería poco después por otro decreto de 1987. Las dos novedades más importantes sin duda se refieren a la incorporación a la Academia de la fotografía, cinematografía, televisión y vídeo como nuevas formas de expresión artística[viii], primero incorporadas a la Sección de Escultura pero con sección propia desde los actuales estatutos de 2004, llamada “Nuevas Artes de la Imagen”.

En función de estos cambios los reglamentos han ido variando como puede verse en los de 1984 y 1997, hasta llegar al aprobado en 2005, que ha supuesto una renovación profunda de su articulado para adecuarlo a un tiempo, sin duda complejo, que es cada vez más exigente con la gestión de la corporación. Ello explica el refuerzo de la mesa de la Academia con el nuevo cargo de Vice-director que lleva anejo el cargo de Tesorero.

Pedro Navascués


[i]Gaceta de Madrid, 28 de mayo de 1874, pp. 534-535.

 
[ii]Reglamento Interior de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, Imp. y Fundición de M. Tello, 1874.
 

[iii]Esta edición, por ejemplo, recogía la modificación de los artículos 12 y 41 referentes a la toma de posesión de los Académicos de Número, siendo en todo lo demás igual a los estatutos de 1873. La modificación fue aprobada por Real Decreto de 3 de diciembre de 1915.

 
[iv]Reglamento Interior de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, Imp. de San Francisco de Sales, 1914. Se suprime en esta edición la Comisión de los Monumentos Arquitectónicos de España “por no existir ya dicha publicación” (p. 3).
 

[v]Decreto de 14 de mayo de 1954 sobre provisión de vacantes en las Reales Academias; Decreto de 4 de febrero de 1955 por el que se completan las normas del de 14 de mayo de 1954 sobre provisión de vacantes en las Reales Academias, a petición de la Mesa del Instituto de España; Decreto 558/1963, de 14 de mayo, sobre elección de Académicos Numerarios en las Reales Academias que componen el Instituto de España; Decreto 1333/1963, de 30 de mayo, sobre procedimiento para la provisión de vacantes en las Reales Academias que integran el Instituto de España.

 
[vi]Decreto de 21 de mayo de 1954 por el que se aprueba la modificación de los estatutos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

 
[vii]Real Decreto 1737/1982, de 9 de julio, sobre reforma parcial de los estatutos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

 
[viii]Real Decreto 1101/1987, de 10 de julio, sobre reforma parcial de los estatutos de la Real Academia de Bellas artes de San Fernando.
 
 

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