Recital de piano
Rosana Guirado y Aurelia Mihali

Concierto / 21 de abril de 2018
Las pianistas Rosana Guirado y Aurelia Mihali interpretan obras de Fauré, Chopin, Scriabin, Horowitz, en este recital que cierra la programación conjunta para el curso académico 2017-18 entre la Academia y el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid.

Pianistas

Rosana Guirado Piñero [I: Fauré, Chopin]

Aurelia Mihali [II: Scriabin, Horowitz]

Programa

I

Gabriel Fauré (1845-1924)
Balada op. 19 en Fa sostenido mayor

Frédéric Chopin (1810-1849)
Andante spianato y Grande polonaise brillante op. 22

II

Alexander Scriabin (1871-1915)
Sonata núm. 1 op. 6 en Fa menor
[Allegro con fuoco / Adagio / Presto / Funèbre]

Vladimir Horowitz (1903-1989)
Variaciones sobre un tema de la ópera Carmen


Gabriel Fauré fue amigo de la claridad melódica y de las sutilezas armónicas de escritura. Cuando escribió sus primeras obras para piano, todavía vivían Wagner y Liszt. Brahms se enconaba en la cima de su potencia creadora mientas que, en Francia, Saint-Saëns y Lalo ocupaban una posición dominante. Fauré ha sido llamado a veces el Schumann francés porque concentra todos los esfuerzos en la intimidad del piano, de la melodía y de la música de cámara. Pero no puede haber comparación más errónea. A excepción de algunos raros y fugitivos ecos en las primeras páginas de su música de cámara, no encontramos en la música de Fauré ningún rastro de influencia del estilo de Schumann. Su temperamento sereno y mesurado, su innato sentido del equilibrio y del refinamiento, su facultad, digna de Bach, de sostener el hilo del pensamiento musical y asegurar la continuidad sonora y rítmica, todo ello está en las antípodas del temperamento impulsivo y enfebrecido de Schumann, de sus estallidos de pasión, de sus brutales contrastes y de su perpetua inquietud. Fauré está mucho más próximo a su casi contemporáneo Brahms, cuya posición en la música alemana es algo parecida a la suya. Los dos artistas huyen del resplandor artificial y de la vulgaridad. Pero, al abordar el terreno específico de la música para piano de Fauré, el nombre de Chopin se impone antes que cualquier otro. Es sobre todo en sus obras juveniles donde se aprecia que su escritura procede de la de Chopin, de una forma más marcada que en Debussy. Chopin es el creador de la balada como género pianístico. La Balada op. 19, compuesta en 1877, está dedicada a Saint-Saëns. La cualidad más asombrosa de la personalidad musical de Fauré es su carácter intemporal, precisamente lo que su amigo Saint-Saëns afirmaba: “Fauré no tiene edad y no la tendrá nunca”. 

La moda que conoció la polonesa en el siglo XIX fue debida en gran parte a la toma de conciencia del drama polaco en Europa. Su simbolización nacional se reforzó con las explosiones de revuelta de una nación perseguida. Liszt testimonia que, por su enérgico ritmo, la polonesa hace estremecer y galvanizar “todo el entorpecimiento de nuestra indiferencia. Los más nobles sentimientos tradicionales de la antigua Polonia se recogen en ella… la bravura y el valor son reflejados con la sencillez que hace de esta nación guerrera el distintivo de estas cualidades”. El Andante spianato y Grande polonaise brillante op. 22 es una obra cuya segunda parte fue compuesta para piano y orquesta. El propio Chopin realizó la reducción para piano solo. “Spianato” quiere decir suave y sin contrastes bruscos, y así se presenta el andante inicial en Sol mayor. Es una página meditativa e intimista, de estructura ternaria (ABA), que data de 1834 y que recuerda a los nocturnos del mismo autor. La Gran polonesa brillante, en Mib mayor tiende, por contra, a la grandilocuencia y es anterior en el tiempo, ya que fue terminada en 1831. La música evoca la feliz y alegre vida en Varsovia y presenta tres temas. El primero se aviva rápidamente; el segundo, en el tono relativo menor, contrasta por su lirismo; y el tercero, en el tono de la dominante, muestra armonías coloristas. El conjunto concluye con una brillante y extensa coda. Ambas piezas se hermanaron en la edición de 1836 que está dedicada a la baronesa Madame d'Este. 

Scriabin compuso su primera sonata para piano en 1893, un año después de acabar sus estudios en el conservatorio. Junto a Prokofiev dio nueva vida a la existencia de la sonata para piano en el siglo XX. Pero mientras que Prokofiev representa el puente que une el modernismo y el clasicismo y conserva, salvo excepciones, la forma tradicional de tres o cuatro movimientos, Scriabin se inscribe en la prolongación del principio romántico lisztiano, transformando la sonata en un poema con episodios e ideas múltiples, sin perjuicio de la existencia de una forma rigurosamente estudiada. Sus sonatas primera y tercera son las únicas que tienen cuatro movimientos. La técnica pianística de Scriabin muestra una gran propensión a los grandes intervalos en arpegios, y octavas en acordes que exigen desplazamientos rápidos y a menudo arriesgados. Representante típico del simbolismo en música, adepto a las doctrinas místicas derivadas de las filosofías orientales (muy extendidas en Rusia y en el resto de Europa en esa época), Scriabin buscada alcanzar con la música los límites de la densidad sonora y de las posibilidades expresivas, a fin de crear un clima de éxtasis musical y estético.

De las muchas transcripciones de Horowitz, Variaciones sobre Carmen fue la única que permaneció en su repertorio a lo largo de su carrera. La tocó desde sus primeros conciertos en la década de 1920. El tema principal de la pieza proviene del enérgico baile del acto segundo, tema que ha sido utilizado para otras variaciones y transcripciones. Horowitz no deseaba ver la obra publicada y a medida que pasaron los años, las variaciones se volvieron más sofisticadas. El público adoraba estas variaciones y el pianista se veía obligado a tocarlas en todos sus conciertos.
 

Rosana Guirado Piñero

Aurelia Mihali

 

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Información

  • Salón de actos
  • Sábado 21 de abril, 12:00 horas
  • Entrada libre y gratuita. Aforo limitado

 

Organizadores