Academia

Jorge Castillo

Premio Nacional de Arte Gráfico

El Premio Nacional de Arte Gráfico que convoca la Academia a través de la Calcografía Nacional ha sido otorgado al artista Jorge Castillo (Pontevedra, 1933) en reconocimiento a su prolífica y coherente trayectoria gráfica. Las múltiples soluciones técnicas del repertorio gráfico de Castillo sintetizan sus claves estéticas, desde las figuras sinópticas emparentadas con lenguajes de realismo mágico, a una figuración de herencia clasicista para representar a su entorno íntimo, con una consistente estructura formal. La exposición reúne cuatro planchas, dos carpetas y cuarenta estampas, donadas por Marienza Binetti y Jorge Castillo, una selección representativa de las diversas iconografías y planteamientos visuales del artista, así como de sus procesos y experiencias en el campo del grabado calcográfico.

En sus diez últimas ediciones, el Premio Nacional de Arte Gráfico, instituido en 1993, ha sido concedido a los artistas Luis Gordillo, Jaume Plensa, Miquel Barceló, José María Sicilia, Gustavo Torner, José Manuel Broto, Luis Feito, Cristina Iglesias, Guillermo Pérez Villalta y, en 2023, a Jorge Castillo. El jurado de esta última edición del Premio fue presidido por el académico delegado del Museo, Calcografía y Exposiciones, Víctor Nieto, y tuvo como vocales al director del Museo Casa Natal Picasso de Málaga, José María Luna, al director de la cátedra de Metodología de la Historia del Arte en la Universidad Miguel Hernández de Elche, Kosme de Barañano, y al artista Guillermo Pérez Villalta.

La exposición de Jorge Castillo en la Academia, con motivo de la recepción del Premio Nacional de Arte Gráfico, es la más importante celebrada en España de sus grabados, sólo superada por las magnas exposiciones con más de dos centenares de estampas del Cabinet des Estampes de Ginebra en 1971 y el centro Kestner-Gesellschaft de Hannover en 1973.

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Hace más de seis décadas, Jorge Castillo se dejó seducir por los lenguajes del arte gráfico de la mano del legendario grabador Dimitri Papagueorguiu. Estaba a punto de cumplir los treinta años y ya eran conocidos sus dibujos, su pintura había sido seleccionada para la Bienal de São Paulo, acumulaba el bagaje de la vanguardia afincada en Buenos Aires, le resultaban cercanas algunas geografías europeas y había tejido una red de valiosas relaciones, entre ellas con una figura que influiría decisivamente en la continuidad de su práctica del grabado, el marchante suizo de origen polaco Jan Krugier. A finales de la década de 1960 e inicios de los setenta, desde su galería de Ginebra, Krugier, como también el grabador Daniel Divorne, maestro de taller y director del Centre Genevois de la Gravure Contemporaine, y el conservador de arte Charles Goerg, director del Cabinet des Estampes del Musée d’Art et d’Histoire de Ginebra, dieron un extraordinario impulso a la obra gráfica de Castillo; el primero promocionando varias ediciones, el segundo abriéndole las puertas de un excelente taller donde aplicar sus conocimientos técnicos y entregarse a la experimentación, y el tercero acogiendo en 1971 la mayor y más importante exposición de estampas del artista.

Apenas dos años después de aquella exposición, en 1973 el Kestner-Gessellschaft de Hannover añadía y mostraba noventa y cinco nuevas estampas a las doscientas treinta y ocho exhibidas en la gran muestra de Ginebra. Las creaciones gráficas de Castillo, sobre todo en aguafuerte y aguatinta, pero también en litografía y grabado en madera, superaban ya entonces los tres centenares de obras, a las que se sumarían un número considerable de estampas los siguientes años de su estancia en Berlín, donde se había establecido en 1969. Fue durante el fértil periodo berlinés, con la cobertura del sello editorial Propyläen Verlag y de la imprenta de Wilhelm Schneider, cuando Castillo alumbró algunas obras gráficas de notable madurez técnica y conceptual.

Desde entonces la práctica del grabado y la litografía ha sido reclamada por el artista en situaciones y contextos creativos diversos, cruzándose transversalmente con otras prácticas. Castillo es un artista integral. Quizás cuando se enfrenta al soporte que contendrá la idea, sus primeros pasos sean de duda y no empiece con certezas, pero en casi la totalidad de sus obras y en cualquier medio, alcanza aciertos. Es sorprendente su capacidad para adueñarse de los recursos, hacerlos suyos y dominarlos hasta el punto de lograr una absoluta perfección expresiva. La Academia le ha otorgado el Premio Nacional de Arte Gráfico, pero sería igualmente merecedor del premio nacional en otros géneros. Su trayectoria internacional como pintor le sitúa en un estatus de referencia, en escultura es autor de un sólido catálogo de piezas maestras y ha abordado con solvencia la creación cinematográfica, aunque es el dibujo, que penetra y articula los demás medios de expresión, el que le eleva a la categoría de los elegidos. No en vano recibió en los tempranos inicios de los sesenta el prestigioso Internationaler Zeichen Preis de Darmstadt y sus excepcionales aptitudes de dibujante han sido elogiadas por personalidades de la talla de Werner Haftmann, entonces director de la Nationalgalerie de Berlín, o el crítico y poeta norteamericano Carter Ratcliff, testigo de la fortuna de Castillo en Nueva York, otro de sus contextos biográficos.

La línea del dibujo, el trazo que construye formas significantes, fundamento del proceso creativo sea cual fuere el medio elegido, reclama un método emparentado con la escritura. Cada signo del lenguaje escrito precisa una forma dibujada a la que se dota de significado. Tal vez esa proximidad entre la palabra escrita y la imagen simbólica de un diseño explique el talento como escritor de Castillo, su inteligente narrativa y su sugerente uso del lenguaje. Por supuesto, la línea es también la esencia del arte gráfico, de hecho, la etimología griega del prefijo “grafo” remite al trazo y la escritura.

La obra gráfica de Castillo tiene un rango equiparable a su pintura y escultura. Como construcción visual en dos dimensiones la imagen gráfica se homologa a la pintura, pero la matriz de la que procede la estampa tiene cualidades plásticas de bajorrelieve que la hacen asimilable a lo escultórico. En cualquier caso, como sucede con sus dibujos, pinturas y esculturas, las creaciones gráficas de Castillo compendian un singular e identitario mapa iconográfico. Los referentes intelectuales entre todos sus géneros son comunes y los temas aluden a las mismas cuestiones.

Confluyen en las estampas de Castillo, como en el resto de su obra, la representación intimista de su entorno privado, junto a una inmersión introspectiva en la realidad, resuelta mediante planos sinópticos con superposición de formas e interrelaciones. Más allá de la apariencia, no hay automatismo en el proceso que vincule su método con estrategias surrealistas ni con vestigios oníricos, sino más bien ciertas asociaciones que recuerdan fórmulas del realismo mágico, elaboradas con plena consciencia y minuciosa ejecución. Algunos de esos elementos sinópticos invaden ocasionalmente la intimidad de las escenas privadas, sin perturbar la atmósfera poética que las envuelve.

El de Castillo no es un imaginario inquietante, aunque nazca de la necesidad de dar expresión a inquietudes; tampoco es extraño, en el sentido de alejarse de lo inmediato, aunque produzca extrañamiento; quizás todo sea más sencillo, una respuesta personal y subjetiva a cuestiones esenciales como la relación con la naturaleza, la sensualidad y el erotismo, el mito y las referencias culturales, el amor o el modo como el sujeto se enfrenta al entendimiento de lo cotidiano… Las formas no dificultan la identificación, pero tampoco desvelan los misterios ni facilitan la comprensión… como Castillo expresa con meridiana claridad, no debe confundirse la realidad con el realismo.

Ha reivindicado insistentemente la aportación de los antiguos maestros en su práctica artística y en su comprensión de la historia de las imágenes, proporcionándole soluciones más válidas que las estéticas de la contemporaneidad. Probablemente uno de sus mayores logros sea la asimilación de la enseñanza del arte antiguo y la reelaboración de la estética y la mitología clásicas en clave contemporánea. Esa forma de entender su compromiso artístico, no a contracorriente, pero sí en soledad, le ha convertido en un creador aislado, errante por pertenecer a lugares diversos, libre por honestidad, en esencia, un contemporáneo extemporáneo.

Javier Blas

Considerado uno de los principales representantes del arte español de la segunda mitad del siglo XX, Jorge Castillo (Pontevedra, 1933) es el artista gallego vivo de mayor proyección internacional. Pasó su infancia en Buenos Aires, forzado por el exilio del padre. A partir de 1950 se dedicó con continuidad a la pintura y trabó amistad con Laxeiro, Colmeiro y Seoane. Permaneció en Argentina hasta 1956, cuando retornó a España. Dos años más tarde conoció a Juana Mordó, entonces a cargo de la galería Biosca.

La selección de su obra para la Bienal de São Paulo en 1960 abrió una década en la que Castillo consolidó su prestigio internacional, relacionándose con Alberto Giacometti, David Hockney y Francis Bacon.

En 1962 conoció en Madrid a Dimitri Papagueorguiu, que le animó a practicar el grabado. A pesar de que esta colaboración duró sólo un año, Castillo aprendió los fundamentos de las técnicas de arte gráfico y realizó numerosos aguafuertes y varias litografías. Estas creaciones se inscriben en la línea de Goya, al que Jorge Castillo siempre ha tenido por modelo y estudiado a fondo. Estampas como La funambule y Jeune acrobate se apoyan esencialmente en determinadas imágenes de los Desastres de la guerra, aunque la serie de Goya es sometida a una paráfrasis poética.

En 1968 inició una fructífera etapa de colaboración con el Centre Genevois de Gravure Contemporaine, que trabajaba en estrecho contacto con el Cabinet des Estampes del Musée d’Art et d’Histoire de Ginebra. Allí Castillo dispuso, por espacio de dos años, de unas condiciones de trabajo y un entorno intelectual que le permitieron desarrollar una actividad extraordinariamente fecunda en el campo del arte gráfico.

Entre 1969 y 1975 el artista residió en Berlín. El punto culminante de su producción gráfica se sitúa en los años 1972-1973, cuando realizó dos de sus series más importantes con la berlinesa Propyläen Verlag: El mundo de García Lorca (1972) y Grandes amantes (1973).

La fama de Castillo a finales de los sesenta y primera mitad de la década de 1970 hizo que su obra fuera reclamada por las principales galerías y exposiciones del mundo, lo que incitó a los críticos más influyentes a escribir sobre el artista. En 1977 apareció la primera monografía de Castillo, escrita por Werner Haftmann.

Se trasladó a Nueva York en 1980, donde fue representando por la Marlborough Gallery de Manhattan, dirigida por Pierre Levai. Nuevas monografías consagraron definitivamente al artista, entre ellas la publicada por el crítico Carter Ratcliff.

A comienzos de la década de los noventa grabó las diecisiete planchas que ilustran el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. En 1994 trabajó en un libro sobre tauromaquia compuesto de diez estampas y abrió en Madrid la sede de su Fundación, que había inaugurado tres años antes en Santa Inés (Ibiza), creando un espacio expositivo y amplios talleres. Regresaría a Nueva York en el año 2006, estableciendo un estudio en Soho y retomando su actividad en arte gráfico.

Su obra forma parte de colecciones tan prestigiosas como las del Carnegie Institute, el Guggenheim Museum de Nueva York, la Nationalgalerie de Berlín o el San Francisco Museum of Modern Art.

La exposición Jorge Castillo. Premio Nacional de Arte Gráfico ha sido subvencionada por la Dirección General de Bibliotecas, Archivos y Museos (Área de Gobierno de Cultura, Turismo y Deporte) del Ayuntamiento de Madrid con cargo a los presupuestos municipales del año 2024

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