El diseñador gráfico José María Cruz Novillo, (Cuenca, 1936 – Madrid, 2026), fue recordado en la Academia con el elogio pronunciado por el artista y académico Alfonso Albacete
José María Cruz Novillo fue un destacado diseñador, artista y académico, cuya obra transformó la imagen visual de la España contemporánea. Poseedor de una excepcional capacidad para sintetizar conceptos en símbolos, creó obras que perdurarán en la memoria colectiva del país. Diseñador prolífico y artista multidisciplinar, fue escultor, investigador y creador de las cronocromofonías, que integran color, sonido y tiempo.
Ingresó en la Academia el 24 de mayo de 2009, pronunciando la disertación Diseño de un discurso.
El homenaje puso de relieve tanto la relevancia de su legado artístico como la calidad humana de quien es considerado una figura clave del diseño español contemporáneo.
Señor director, señoras y señores académicos, familiares, amigas y amigos nos encontramos hoy aquí reunidos con la intención de honrar y celebrar la figura de D. José María Cruz Novillo, Excelentísimo Sr. Académico Numerario, con la medalla número 54 de la Sección de Nuevas Artes de la Imagen, en esta Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y así mismo manifestar el pesar que nos une ante la dolorosa pérdida de este gran diseñador, admirado y prolífico artista y por encima de todo entrañable persona, tanto para familiares como para amigos.
Ahora ya que solo le es posible habitar en el recuerdo y que su presencia no puede pasear por más territorio que nuestro pensamiento, no nos queda otra solución que recurrir a la memoria, para evocar a tan extraordinario ser, y de este modo poder seguir las huellas que felizmente nos fue dejando a lo largo de una intensa y fructífera vida.
Existe en el sintoísmo japonés, así como en otras religiones primigenias, la bella creencia de que tras la muerte el espíritu una vez liberado de su cuerpo físico, vaga errante por el mundo de los vivos, hasta fijar su alojamiento en algún lugar material y amado en vida, ya sea un árbol, un templo, un animal, un manantial o una roca y que los que lo perciben o saben de esa presencia invisible, con el fin de advertirlo a extraños y caminantes colocan en el sitio una señal de algo relacionado con sus actividades en vida, que podía consistir en una escultura, un fajín, cordón o una tablilla con un poema o cualquier otro objeto que nos hable de su calidad como individuo, es decir un testigo o marca referente de los valores de la persona desaparecida.
En el caso de Pepe Cruz Novillo parece ser que este trabajo nos lo dejo ya hecho que esas señales las fue dejando el mismo, y que desde sus inicios como diseñador fue configurando un paisaje lleno de nuevos hitos simbólicos de importante presencia en nuestras vidas en cualquier actividad diaria, ya consistiera en un viaje en ferrocarril o al cruzarse con un coche del Cuerpo Nacional de Policía, utilizar el Correo Postal, pagar con billetes del Banco de España, repostar combustible, ver la televisión o simplemente pasear por las calles del Madrid de hoy. Inteligente actividad fruto de un motor en marcha constante alimentado por el afán de dibujar, de ordenar, de entender el mundo en que vivía, una vida dedicada al estudio de las imágenes y a su percepción visual, un quehacer que parece venirle acompañando desde su más tierna infancia, ya que por su propio testimonio sabemos que en el colegio sus compañeros le llamaban pintamonas, lo que de alguna manera pudo incitarle a abrazar la profesión de dibujante, aunque años más tarde en una larga espera, haciendo la cola para renovar el carnet de identidad caducado, se inclinase a cambiar la profesión de dibujante por la de escultor, un escultor que se autonombraba posdadaista, trabajador de todas las materias incluyendo el tiempo y los sonidos aunque fuesen sonidos que nada tenían que ver con la música, y resumía: “Un experto en nada, pintor de cuadrados y círculos, educado en la Escuela Superior de Autodidactica y artista diseñador aquejado del síndrome de la ambigüedad”. Un artista para el que sus trabajos en tres o dos dimensiones y media o en otras superiores igual consistían en dibujos, definitivos límites para colores planos, como en volúmenes, pieles invisibles de la materia, u otras nuevas organizaciones en la relación de espacio-tiempo del arte en las que se conjugan colores y sonidos y a las que bautizó con el nombre de CRONOCROMOFONÍAS. Una extensa y profusa práctica para la que prefería el nombre de realista antes que el de geométrica, consistente en la síntesis de líneas o volúmenes en un intento de buscar y hacer visible la esencia de las cosas, retomando el testigo del proceso que viene cabalgando desde tiempos remotos como la Prehistoria, Mesopotamia, el Mundo Árabe, el Renacimiento, la Bauhaus o por autores como Cezanne, Mondrian o Carl Andre, por poner algunos ejemplos hasta nuestros días en un batalla continua por materializar símbolos asociados a la realidad, sus manifestaciones y actividades, utilizando como arma principal la mirada y como fin último el de dominar el mundo existente.
El mismo se preguntaba, ¿Se puede crear una obra de arte estéticamente bella al servicio de un caso utilitario? Y se respondía: “Tengo fe en que será posible” y continuaba reafirmándose como militante de la significancia en lucha contra la insignificancia, seguidor de los pasos del discurso racionalista que exige que sea la función la que crea la forma y observador de la máxima de Platón que señala que la forma es el aspecto visible de la cosa, para conseguir acercarse lo más posible a que en un estado ideal, la cosa coincida realmente con la idea.
Citaba antes el hecho del artista prehistórico inventando el dibujo, preocupado en poner el contorno a un bisonte o a un ciervo, es decir, definir con líneas a un ser vivo que por propia naturaleza no las posee, trasladarlo a las dos dimensiones, cuando como bien nos enseña la teoría de fractales esto no es posible, nada natural tiene medida convencional, ya que solo la tienen las construcciones humanas artificiales, y sin embargo haciendo caso omiso de estas advertencias, Pepe Cruz Novillo si se atrevió a crear una geometría animal, un conjunto de contornos limpios y medibles para seres silvestres, un alfabeto animal con el que es posible rediseñar seres vivos e introducirlos en nuestro día a día ilustrando tazas y cajas de cerillas. De igual manera que saltándose cualquier norma lógica de la publicidad cinematográfica, concibe un cartel para la película de Luis García Berlanga “La Escopeta Nacional” en la que trata a sus jocosos personajes -interpretados por actores altamente populares- como un ejército de emblemas o prototipos sociales repetibles, sin rostro y más próximos a los muñecos indicadores de toilette de hombre o mujer o los que anuncian el peligro de accidente en los transportes públicos, que a personalidades de interés, siendo cada uno como un representante anónimo en un conjunto de criaturas que se repiten en nuestro país, una ordenación o catálogo a la manera de un friso o jeroglífico encontrado en alguna excavación arqueológica de lo contemporáneo.
Cuentan que Heri Rousseau, el pintor francés, de principios del siglo pasado, le decía a Pablo Picasso: Usted en egipcio y yo en moderno somos los dos más grandes artistas de nuestro tiempo, pues bien, es justo pensar que en el caso de Cruz Novillo se superponían en sus trabajos estos dos valores artísticos. El de egipcio, ya que si combinamos azarosamente sus logotipos y geometrías a la manera de las grandes construcciones faraónicas, podríamos fabricar enormes relieves murales que sin lugar a duda serían las más fieles y descriptivas crónicas del sentir de nuestra época, y moderno porque sus piezas siempre revestían el don de la novedad, el estigma de lo singular, de lo nunca visto, cuando simplemente buscaban lo estrictamente necesario para expresar la naturaleza de los conceptos, una especie de ética minimalista, en la relación entre ideas y formas, que parece acercarse a la certera sentencia formulada por el filósofo Inmanuel Kant: El arte no es la representación de algo bello, sino la representación bella de algo.
Pongamos ahora otro singular ejemplo como la imagen corporativa y más concretamente la bandera que diseño para la recién creada Comunidad de Madrid, en los años ochenta, que se sitúa mucho más cerca de la línea estética de pintores expresionistas abstractos o pop americanos como Frank Stella o Jasper Johns, a los que admiraba profundamente junto con Picasso que, a los rancios castillos, bandas de colorines u osos rampantes tan propios del gusto dominante de la posguerra en España. También deberíamos detenernos en uno de esos subciclos como el los llamaba cuyos peculiares motivos, argumentos y estructuras están sacados de un conjunto de piezas musicales como boleros, tangos y otras músicas populares y que podríamos visualizarlos como canciones pintadas, músicas en dos dimensiones, sonidos trasladados al papel o coplas para sordos.
En otros lugares y siguiendo el camino del diseño tridimensional, que según él confesaba era su vocación oculta, emprendió un trabajo de escultura que no se redujo a la búsqueda poética de puros y nuevos volúmenes sino que complicó rápidamente el concepto asociándolo a un sistema de variables, pongamos como ejemplo la colección de escultura-silla donde manejando seis cubos diferentes y seis colores básicos en variaciones de doce elementos tomados de seis en seis y que título Diafragma-chair 30 opus 11, consiste en un hexafónico de 46.556 piezas iguales pero diferentes. Un proceso de construcción conceptual que también lo aplicaría a imágenes de culto pertenecientes a pinturas históricas y ya sin recato tener el valor de aplicarles este proceso combinatorio y fragmentario, alterando obras tan emblemáticas como un bodegón de corte cezanniano, el Descenso de la Cruz de Rogier Van Der Weiden o el Bodegón con cacharros de Francisco de Zurbarán, a las que obliga a olvidar su carácter de pieza única para reorganizarse en series o conjuntos de fragmentos en distintos órdenes sin perder necesariamente su contenido esencial básico.
Más tarde nos propondría un salto en el vacío, nunca mejor dicho, y complicarse en temas de riesgo de una dimensión superior sin planos ni volúmenes estables, él nos dice que fue su trabajo con dibujos animados lo que le abrió el pensamiento a buscar esa cuarta dimensión y que fuese como fuese o bajo el nombre de poesía espacial crear un conjunto de obras a las que titulaba Diafragmas y en el que confluyen su declarada pasión por la poesía, la filosofía, la ciencia y la mecánica cuántica, en un extraño viaje de moderno a futurista con rumbo a esa lejana dimensión y organizar obras que se desarrollan en el tiempo y cuya similitud más próxima, aunque en otro sentido, la podríamos encontrar si nos uniéramos al infinito viaje, como en una carrera de relevos, de las imágenes de estrellas que estallaron hace millones de años y que hoy contemplamos su huella, en la cúpula de este mundo nuestro de tres dimensiones imposible de superar.
Tengo que reconocer que experimenté, esa especial sensación de irrealidad asistiendo hace años a la puesta en escena de su obra Diafragma Eptafónico 3.612 opus 12 de siete notas, siete colores y siete horas de duración en los oscuros patios del Cuartel del Conde Duque dentro del marco de la celebración de la Noche en Blanco de Madrid, la de sentirme en un estado emocional que se me ocurría similar al sentido por los personajes de ciencia ficción de Steven Spielberg, en su película Encuentros en la Tercera Fase ante el espectacular aterrizaje de la monumental y luminosa nave extraterrestre entre párrafos musicales.
Mi amistad con Pepe Cruz Novillo empezó a forjarse en unas comidas- tertulias que organizábamos su colega y buen amigo Roberto Turégano, y yo mismo, en los años ochenta cuando éramos vecinos de estudio en la céntrica y popular calle de San Lorenzo y en donde todos los viernes convocábamos a amigos y conocidos en algún restaurante a comer y charlar. Pepe fue uno de los más fieles asiduos y constantes contertulios tanto que pasados los años, y como estos almuerzos se prolongaban en el tiempo y él los seguía frecuentando, con esa capacidad suya para darle categoría a las más humildes cuestiones o por aplicar la máxima de George Braque: Primero encuentro y luego busco o simplemente por ahondar en su propia creencia de que diseñar es poner las cosas en su sitio, inventó para estos encuentros un nombre de corte empresarial V.A.C.A.E. siglas que corresponden a las iniciales de la frase: Veinte años comiendo a escote y diseño su imagen corporativa incluyendo un precioso logotipo que ha sido reproducido más tarde en libros sobre su obra como el inglés Counter Print donde aparece catalogada como la marca comercial de un Artist Grup convirtiendo una anécdota en posiblemente la única comida de amigos de la historia con una imagen propia reconocida.
Me sorprendía que siendo persona de origen rural, de pueblo pequeño y ciudad de provincias, que creció como yo, lejos de lo urbano se declarase un amante apasionado de las grandes ciudades: “Mientras más grandes mejor,” decía y lanzaba estas afirmaciones de forma muy directa sin citas ni referencias a otros autores, reflexiones de su propia cosecha como esa sentencia que solía repetir en diferente ámbitos de que en nuestra sociedad se podían distinguir dos tipos de individuos: Los insectos y los entomólogos. Él era un hombre más bien callado, poco conversador, aunque expresara con firmeza, cuando el tema le afectaba, esas opiniones tan suyas de forma ronca y tozuda, con una cierta actitud de eterno adolescente, cosa que desprendía también en su porte, en su categoría personal, sorprendían sus apariciones, incluso en una edad avanzada, con una potente moto Harley Davidson y un largo gabán de cuero negro, mezcla del chico de la Moto Reina de la película La Ley de la Calle de Francis Ford Coppola y el Henri Fonda de losWestern Almerienses de Sergio Leone. No es de extrañar, siendo bien parecido y con ese atuendo tan elegante, que en su juventud su amigo y compañero de trabajo el director de cine José Luis Borau escribiera una película pensando en él como galán protagonista y que ante su negativa a interpretarla fuera sustituido por el conocido actor francés Jean Louis Trintignant.
Declaraba en una entrevista un colega suyo el gran diseñador Miguel Milá que la mejor definición del término clásico que a él le aplicaban frecuentemente y no terminaba de entender el por qué o su contenido, la obtuvo al preguntar a un maestro del toreo, conocido suyo, de lo que pensaba cuando hablaban en esos términos de sus faenas toreras a lo que el maestro respondió tajante: Lo clásico es lo que no se puede mejorar.
Pues bien quiero apropiarme de esta definición porque resulta muy acertada si la aplicamos a la obra de Pepe Cruz Novillo, como artista y diseñador, un clásico cuyos logros no se pueden mejorar, y al escribir estas palabras me viene a la cabeza también un poema perteneciente al gran Federico García Lorca, unos versos escritos como despedida o llanto por su amigo Ignacio Sánchez Mejías, otro torero, y que en la última parte, la del Alma Ausente en sus estrofas finales describe con esas palabras tan clásicas, palabras que nadie ha podido mejorar sentimientos de dolor y resignación que no solamente podemos compartir sino que voy a tener el atrevimiento de leer ante ustedes, hoy, para finalizar este acto. Dicen así:
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace
Un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
Y recuerdo una brisa triste por los olivos
Pues bien, podríamos repetir los mismos versos y pensar que tardará mucho tiempo en nacer n castellano de Cuenca, tan rico de aventura como José María Cruz Novillo y conducir esa brisa triste del campo por las calles de una gran ciudad, después de haberse deslizado entre viejos olivos.
Madrid, 22 de Junio 2026
Alfonso Albacete








