La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando recordó a Josefina Molina (Córdoba, 1936 – Madrid, 2026), directora, guionista y figura clave de la cinematografía española. El elogio institucional fue a cargo del crítico de cine Fernando Lara.
El emotivo homenaje repasó su trayectoria personal y profesional, destacando su legado como una de las grandes pioneras del audiovisual español. Innovadora y comprometida, realizó obras fundamentales que permanecen en la memoria colectiva del país.
Galardonada con el Goya de Honor, el Premio Nacional de Cinematografía y numerosas distinciones, Josefina Molina fue recordada como una creadora rigurosa, comprometida y adelantada a su tiempo, cuyo trabajo contribuyó a transformar el cine y la televisión españoles. Fernando Lara concluyó con un reconocimiento a su persona, resaltando su honestidad, libertad creativa y defensa de los derechos de las mujeres en la cultura.
Excelentísimo señor Director de la Academia, excelentísimos compañeros y compañeras académicos, representantes de las Comunidades Autónomas de Andalucía y Madrid, queridos familiares de Josefina Molina, amigas y amigos todos:
Ya dejó dicho Jacques Brel que “es duro morir en primavera”. Y en primavera se nos murió Josefina Molina, en la madrugada de una fecha tan señalada para esta Academia como el 30 de mayo, día de nuestro patrón, San Fernando. Una Academia a la que ella perteneció con el máximo orgullo y la máxima ilusión, desarrollando una intensa actividad, como nos acaba de recordar José Ramón Encinar, mientras le duraron las fuerzas. Ahora, a sugerencia de su familia y con el acuerdo de los máximos responsables de esta casa, se me ha encomendado la labor de representarla en el elogio fúnebre de la gran cineasta. Lo que asumo con sentido de la responsabilidad y con la emoción que me domina y que espero que no me impida seguir con mis palabras en algún momento.
Fuimos Josefina y yo pareja en años juveniles y amigos durante toda la vida, algo que -lo adelanto- convierte en voluntariamente muy subjetiva esta intervención. Porque a Josefina la quise siempre, de una u otra manera, pero incluso por encima de ello la admiré como persona y como creadora, sentimientos que suelen ir unidos. Fueron muchos los que compartieron tanto cariño y tanta admiración, a bastantes de los cuales veo hoy en esta sala y que podrían hablar de ella con mayor propiedad que yo. Como Dorita Calzada, la amiga perfecta de toda su existencia, y su sobrino Manuel. O José Carlos Plaza, al que conoció un día en las clases de William Leyton y a cuyo lado iba a estar siempre, “haciéndome reír como nadie en el mundo”, según confesaría, aunque en esta tarea acabó compitiendo con él Joaquín Oristrell, el guionista de su última etapa. O su “músico de cabecera”, José Nieto (de quien acabamos de escuchar un pasaje de su partitura para Teresa de Jesús, ante la que Josefina, al oírla, exclamó con entusiasmo “¡Sí, esto es!”), y junto a José Nieto, Fidel Almansa. O actrices predilectas suyas como Lola Herrera, Enriqueta Carballeira, Mercedes Sampietro y Julieta Serrano. 0 compañeros de Televisión Española, como Nieves Martín, Jesús Martínez León, Salvador Augustin, Fernando Méndez-Leite y Adolfo Dufour. Y personas con décadas de vivencias conjuntas, cuyos nombres sería infinito reseñar. Al lado de todas y todos ellos, sus sobrinas Maite y Mar, que la atendieron, cuidaron y mimaron siempre, sobre todo en estos últimos difíciles años.
Además, como en una sucesión de imágenes celestes, a la manera en que César Arconada habló de ellas como “deseosas de salir hacia el balcón de la pantalla, a soñar bajo los voltios de la luna blanca del cine”, veo reflejados junto a Josefina los rostros tan queridos de José Sámano, Concha Velasco, José Luis Cuerda, Juan Manuel Martín de Blas, Carlos Castilla del Pino, Miguel Delibes, Rafael Palmero, Javier Artiñano, Carmen Frías, y de Claudio Guerín, cuya trágica muerte durante el rodaje de La campana del infierno supuso un golpe especialmente fuerte para ella, justo antes de comenzar a rodar su primera película. Y las imágenes de tantos otros; de cuantos nos dejaron y le dejaron huellas imperecederas.
Porque, en el plano personal, si había un concepto sagrado para Josefina Molina era el de la amistad. La cultivaba de manera armónica, natural, sin grandes efusiones ni aspavientos. Presumía de ser tímida, pero se entregaba con absoluta generosidad a cuantos le hacían sentirse bien, sin tensiones ni conflictos, más preocupada de los demás que de ella misma. Quizá esa actitud nacía de su origen cordobés: siempre se ha dicho que los cordobeses son unos andaluces diferentes, quizá menos despreocupados pero más reflexivos, más serenos, como si cada habitante de Córdoba llevase en su seno la semilla de un Séneca que les hace tan particulares. Ella era de esa estirpe, que transmutaba en energía, en fuerza arrolladora, incluso en testarudez, cuando encontraba un claro objetivo a la vista. Como el que vislumbró cuando todavía muy niña leyó con admiración la biografía de Madame Curie, se sumergió en los Episodios Nacionales de Galdós y, aún más, a los 15 años, vio con su adorado hermano mayor Rafael, El río, de Jean Renoir, cuyo sentido poético, dominio de lo cotidiano y preferencia por los seres comunes, aun en un paisaje lejano como el de la India, le fascinaron. Desde ese momento, decidió que quería ser directora de cine, ponerse detrás de la cámara para contar sus historias a los demás como lo hacía el maestro francés.
Hay destellos en la vida de una persona, sobre todo durante la adolescencia y la primera juventud, que van marcando indeleblemente su personalidad. Además del asombro ante El río, resulta significativo que el primer montaje que dirige Josefina con el grupo Teatro de Ensayo Medea es el de la prefeminista Casa de muñecas, de Ibsen, que muestra la rebeldía de su protagonista, Nora, ante una sociedad que la oprime. Como a ella le oprimía la gris Córdoba de los años 50, pese a admirar su belleza, esa belleza que el entusiasmo de su padre por la ciudad le hacía compartir. Pero no eran suficientes ni su grupo de teatro ni el Cineclub Senda o el del Círculo de la Amistad en los que veía películas que no figuraban en las carteleras comerciales. Ni siquiera le compensaban las escapadas a Sevilla para participar en el famoso Cineclub Vida, dirigido por el jesuita Manuel Alcalá y donde encontró a un grupo del que muy pronto se hizo amiga, compuesto por Carlos Gortari, José Manuel Fernández, Romualdo Molina, Alfonso Eduardo y Claudio Guerín, todos cuantos conformaron el “lobby andaluz” que pronto accedería a Televisión Española, con Claudio como ariete y Josefina como única mujer del grupo, interviniendo ella también en los programas paralelos de Radio Vida. No, en Córdoba no podía encontrar su objetivo deseado y decidió que tenía que venir a Madrid a estudiar en la Escuela Oficial de Cine. Cuando se lo comunicó a sus padres durante una comida, un denso silencio de extrañeza, incomprensión e incluso temor se extendió por la mesa familiar… Pero nunca se opusieron a su vocación, aunque le pidieron que la compartiera con una carrera, con Políticas, que Josefina pronto abandonaría.
El 21 de septiembre de 1963, y entre más de un centenar de aspirantes a la especialidad de Dirección, Josefina Molina Reig (siempre le gustaba utilizar su segundo apellido, en recuerdo de su madre) comenzaba las pruebas de ingreso ante un exigente tribunal en el que se hallaba Luis García Berlanga. Como narró al entrar en esta Academia, Berlanga le preguntó que si le molestaba que “la mujer fuese considerada como objeto erótico”, a lo que ella -tan presuntamente tímida- respondió que no, que en absoluto, pero no solo eso, que el hombre también podía serlo y que “nosotras, además de sexo, teníamos cabeza”… Fue pasando por diversas pruebas hasta conseguir la deseada plaza en Dirección, con precisamente Berlanga como peculiar profesor, y a quien dedicaría aquel espléndido discurso de ingreso entre nosotros, Misoginia y feminismo en el cine de Berlanga. Contestado por Manuel Gutiérrez Aragón, compañero suyo en la E.O.C. y al que, según él comentó entonces, siempre perseguiría una frase crítica que Josefina aplicó a una de sus prácticas en la Escuela: “Manolo, tú puedes hacerlo mucho mejor”…
Con el sentido casi suicida que le acompañó en ciertas ocasiones, Josefina realiza su práctica de primer curso, el de 1963/64, Cárcel de mujeres, documental de 12 minutos sobre la sección de Maternidad de la prisión de Yeserías, que es radicalmente prohibido por la Dirección de la Escuela de Cine. Ello unido al habitual rigor calificativo de Carlos Saura en la asignatura de Dirección, hace que tenga que repetir ese curso inicial. Después, le seguirán la Ayudantía con Claudio Guerín en Luciano (considerada la mejor práctica de cuantas salieron de la EOC) y tres ejercicios propios, dos de un segundo curso de nuevo repetido, La otra soledad y Aquel humo gris, para llegar a la muy notable práctica final, Melodrama infernal, inspirada en relatos de Ray Bradbury. La meta estaba cerca y así, en 1969, recibía su diploma de la Escuela de Cine como primera mujer titulada en la especialidad de Dirección (diploma enmarcado que situó en la cabecera de su cama hasta el final de sus días), seguida poco después por Cecilia Bartolomé y por Pilar Miró en la de Guion. Rompiendo moldes, Josefina, Cecilia y Pilar serían las tres primeras mujeres que se pondrían detrás de la cámara después de que Ana Mariscal y Margarita Aleixandre lo hicieran en la década de los 50.
Estando todavía en la Escuela, Claudio Guerin la reclamó para que fuera su ayudante en Televisión Española, a la que ella accedería por el prestigio que había alcanzado el joven realizador y también por el respaldo que encontró en el famoso locutor Matías Prats, primo segundo de su padre. Paso a paso, desde 1966, Josefina fue escalando hasta llegar a ser realizadora de plantilla, primero con documentales en series como Aquí España y Fiesta y luego en programas dramáticos de la II Cadena (el UHF, se decía entonces) que alcanzaron el prestigio de Hora 11 y Teatro de siempre, adaptando a autores como Kafka, Ibsen, Poe, Saroyan, Balzac o Henry James. “Lo bueno de los maestros de la literatura es que te puedes identificar con su genio, porque siempre dan en la diana y te permiten analizarte y analizar el mundo, a la vez que es muy gratificante hacerte la ilusión de que su talento es tuyo porque lo entiendes y crees que eres capaz de contárselo a los demás”, diría de esa etapa. Comenzada nada menos que con La metamorfosis de Kafka, que Josefina -siempre innovadora- filmó plano a plano, como si de una película se tratase y no a la manera en que solía hacerse con telecámaras. Su primer desafío real se estaba cumpliendo.
Era, a comienzos de los 70, la irrupción de ese “lobby” andaluz en Televisión Española que ya he comentado y con cuyos integrantes ella se sentía tan bien acompañada. Era también el momento de la llegada de una serie de jóvenes realizadores, la mayoría procedentes de la Escuela de Cine, reclamados por el director de la Segunda Cadena, Salvador Pons (quien contó con la decisiva colaboración de Antonio Abellán en la jefatura de Programas Dramáticos), y que transformaron radicalmente sus contenidos y su estilo. Ahí se juntaron mujeres y hombres del talento de Josefina Molina, Pilar Miró, Claudio Guerín, Miguel Picazo, Pedro Olea, José Antonio Páramo, Luis G. Enciso, Fernando Méndez-Leite, Enrique Brasó, Juan Tébar… Aparte de su trabajo profesional, que llevaban a cabo en difíciles condiciones de censura y de presupuesto, con pocos días de grabación y montaje, eran en su mayoría amigos personales, que se reunían con frecuencia en casa del actor y guionista Leo Anchóriz y, más ocasionalmente, en el chalet de Amalia Avia y Lucio Muñoz en el Parque del Conde de Orgaz, cerca de la Ciudad Lineal madrileña.
Llevado de la mejor de las intenciones, pero también de una supina ignorancia práctica y de no considerar la utilización interesada de que puede ser objeto un texto periodístico, asunto que Sydney Pollack acababa de abordar precisamente en su película Ausencia de malicia, un imberbe redactor de la revista Triunfo, llamado Fernando Lara, publicó el 15 de enero de 1972 un apasionado artículo donde reclamaba la atención sobre la labor de este estupendo grupo de realizadores, situando a su cabeza a Josefina Molina. Y ya lo creo que logró esa atención, pero fue la de los máximos responsables políticos de la franquista Televisión Española, que consideraron sumamente sospechoso que una publicación de ideas tan opuestas a las suyas elogiase así a esa camada de nuevos directores y, en particular, a Josefina. El resultado fue el ser castigada con varios meses sin dirigir ningún programa y vetar su ascenso, a punto de producirse entonces, a la I Cadena. Dos años tardaría en llegar ese “ascenso”, aunque, más que por aquel artículo, debido a que doña Carmen Polo de Franco hizo saber a los dirigentes de Televisión Española “su profundo desagrado” por una escena de No te vayas así, de William Saroyan, centrada en un hospital, en la que Josefina mostraba cómo se rapaba a una mujer para humillarla…
Pero, igual que numerosas veces a lo largo de su vida y llevada de su firme convicción de que la creación siempre acaba venciendo a la censura, Josefina lograría superar tal interdicción y llevar a cabo trabajos de primer orden, que fueron cimentando su prestigio. Fue el caso de La rama seca, sobre un precioso relato de Ana María Matute en torno a la maternidad, que ya protagonizaría Lola Herrera; y de la espléndida serie El camino (Premio a la Mejor Dirección en el Festival de Praga), que supuso su encuentro con la obra de Miguel Delibes, novela llevada anteriormente al cine por Ana Mariscal y en cuya adaptación contó con la colaboración de otro nombre fundamental en la trayectoria de Josefina, Jesús Martínez León. Más adelante llegarían, dentro de este apartado de series, Teresa de Jesus y Entre naranjos, como veremos en su momento.
Antes, en uno de aquellos prestigiosos Hora 11 de la II Cadena, realizaría Vera, de Villiers de l’Isle Adam, protagonizada por Enriqueta Carballeira y José Carlos Plaza, dos de los jóvenes intérpretes habituales en sus programas: además de ellos y de las actrices antes citadas, dio su oportunidad a todo un muestrario de figuras emergentes, desde Ana Belén y Eusebio Poncela a Ángela Molina, Fiorella Faltoyano o Juan Diego. Ese espacio de Hora 11 sería el germen de la opera prima de Josefina para la gran pantalla, añadiendo al título de Vera la frase Un cuento cruel y que supuso en 1973 el primer acercamiento de una cineasta española al género fantástico, según han subrayado la SGAE y el Festival de Sitges al llamar con su nombre al Premio anual para un guion de estas características con autoría femenina.
Pese a ser seleccionada para la Sección Oficial del Festival de San Sebastián y lograr el respeto de la crítica, Josefina no quedó contenta del resultado de su primera película, lastrada por un rodaje carente de medios y muy incómodo. Pero que, además de hacer debutar a Miguel Bosé, resultó enormemente positivo por dos razones: por poder dirigir a su admirado Fernando Fernán-Gómez en el decisivo papel del mayordomo y, sobre todo, por su encuentro con José Sámano, que en Vera, un cuento cruel desempeñaba las tareas de director de Producción y que pasaría enseguida a ser para Josefina un fundamental productor y coguionista.
Porque después de ocho años sin volver a dirigir para cine, salvo el breve episodio La tilita de Cuentos eróticos en 1979, fue Samano quien produjo y colaboró en el guion de la película que incluyó a Josefina en la Historia del cine español: Función de noche, realizada en 1981, un “docudrama” sobre la relación de pareja entre Lola Herrera y Daniel Dicenta y la crisis psicológica de la actriz, que iría muchísimo más allá de esa historia personal hasta convertirse en una auténtica radiografía de las relaciones amorosas en una España que salía de cuatro décadas de dictadura y de una moral regida por el nacionalcatolicismo. Especialmente, la larga secuencia rodada con cuatro cámaras durante una hora y cuarenta minutos ininterrumpidos (sintetizados por el magistral montaje de Nieves Martín), secuencia que se desarrolla en un fingido camerino entre los dos protagonistas que hablan de su intimidad, figura por derecho propio entre lo más novedoso e importante que se ha hecho en nuestro cine. Y determina un retrato tan certero de la problemática femenina que convertiría a Función de noche en el máximo ejemplo del cine de la Transición española en el plano moral y ético, dentro del signo de la “recuperación” en todos los sentidos que caracterizaría a aquella producción española de entre 1975 y 1982.
Contenía la película elementos dramáticos extraídos de la función que adaptaba al teatro el libro de Miguel Delibes, Cinco horas con Mario,elmonólogo de una viuda ante el féretro de su marido, producida igualmente por Sámano, dirigido con profunda sensibilidad por Josefina e interpretado genialmente por Lola Herrera. Que, de manera para muchos sorprendente desde su estreno en el Teatro Marquina el 26 de noviembre de 1979, se convertiría en un éxito que dura hasta prácticamente nuestros días, con incesantes reposiciones a lo largo de los años.
No era su única experiencia teatral, que se extendería desde el clasicismo de la Edad de Oro en No puede ser… el guardar una mujer, de Moreto hasta la visión del filósofo prusiano que plantease Alfonso Sastre en Los últimos días de Enmanuel Kant, pasando por obras de Benet i Jornet y Gurney. Destacando en todas ellas tanto la consistencia y coherencia de la puesta en escena como la siempre excelente dirección de actores, que fue una de las principales características en cuantos trabajos desempeñó Josefina.
De ambas facetas haría también gala Esquilache, versión cinematográfica de la obra teatral de Antonio Buero Vallejo Un soñador para un pueblo, emprendida en 1988 de nuevo con Sámano y con un reparto de lujo, en el que se reencontraría con Fernando Fernán-Gómez en el papel del reformista político italiano que se empeñó en revolucionar los usos y costumbres populares durante el reinado de Carlos III. A su lado, Amparo Rivelles, Concha Velasco, Ángela Molina, José Luis López Vázquez, Alberto Closas o Adolfo Marsillach (que logró un Goya por su encarnación del monarca, junto al también obtenido por la Dirección Artística de Ramiro Gómez y Javier Artiñano, así como nueve nominaciones más). Todos contribuyeron al sobresaliente resultado de una película que reflexionaba sobre el uso del poder, la corrupción y el populismo, reflexión que cabría extender hasta ese momento e incluso hasta hoy mismo. Elegida por el Festival de Berlín para su Competición Oficial, sería bien recibida, aunque -como suele suceder cuando un film habla de la Historia de España- con el hándicap del desconocimiento que de ella existe fuera de nuestras fronteras.
Entre Función de noche y Esquilache, Josefina Molina se había entregado a la obra magna de Teresa de Jesús, serie para Televisión Española compuesta por ocho capítulos y una duración global de 457 minutos, en la que resplandecía el talento de la realizadora para desarrollar un punto de vista propio, laico, profundamente humano y respetuoso sobre la personalidad de la Santa, magistralmente encarnada por Concha Velasco. No fue tarea nada sencilla mantener el pulso creativo durante un rodaje de ocho meses, apoyada en los guiones que Josefina escribió con Carmen Martín Gaite y contando con el asesoramiento de Víctor García de la Concha. Fundamental resultaron también la precisa y preciosa labor de montaje llevada a cabo de nuevo por Nieves Martín, la escenografía de Rafael Palmero y la siempre inspirada música de José Nieto. Medio cine español trabajó en la serie, con Manuel Gómez Pereira en la complicada Ayudantía de Dirección y la vigorosa aportación de jóvenes actrices como Alicia Sánchez, Myriam de Maeztu, Isabel Lag o Virginia Mataix entre aquellos conventos y claustros de las Carmelitas Descalzas.
Por todo ello, queda Teresa de Jesús como un indudable ejemplo de cuanto una televisión pública puede ofrecer en el terreno de las miniseries dramáticas, lo mismo que ya había supuesto El camino y supondría años después Entre naranjos, adaptación de la famosa novela de Blasco Ibáñez que Josefina Molina emprendería en 1997, con la renovada colaboración en el guion de Jesús Martínez León, magníficos profesionales en su equipo como el figurinista Pedro Moreno y un enfoque de acentos feministas; serie que, pese a ello, recibió una acogida no tan entusiasta como la dedicada a la santa.
De vuelta al cine tras Esquilache, Josefina regresaría al presente para hablarnos de la “ecología de los sentimientos”, según ella lo definió, a través de la desigual relación establecida entre una madura abogada, interpretada por Charo López, y un joven ecologista con los trazos de Miguel Bosé, que reaparecía en la filmografía de la cineasta. Producida de nuevo por José Samano y con guion de Joaquín Oristrell, que ya había intervenido en el de Esquilache, significó un giro en la trayectoria de Josefina Molina, en una suerte de comedia contemporánea que trataba de conectar con un público joven empleando un estilo más desenfadado de lo habitual en ella. José Nieto obtuvo por Lo más natural uno de sus seis Premios Goya.
Demasiados fueron los prejuicios que lastraron La Lola se va a los puertos, que sería entendida por muchos como un simple vehículo para lucimiento de Rocío Jurado. Lo era, sí, pero bastantes cosas más, sobre todo porque Josefina evitaba caer en lo tópico y previsible. El texto original de los hermanos Machado le permitió hablar del señoritismo andaluz, del papel jugado por Blas Infante para dotar de personalidad propia a aquellas tierras, de -una vez más- el empeño de una mujer por conseguir su libertad personal para cumplir los objetivos deseados.
Sería La Lola se va a los puertos, en 1993, el último de los solo cinco largometrajes para cine de Josefina Molina, una filmografía demasiado breve pero suficiente para mostrar su decidida apuesta por la libertad y, más concretamente, por la lucha que para obtenerla han tenido que emprender las mujeres en diversos momentos de su historia. Es cierto que en su caso, como el de la inmensa mayoría de sus colegas, varios fueron los proyectos que no pudo llevar a cabo. En especial, La caja de cerillas, adaptación al cine del relato de Carlos Castilla del Pino Una alacena tapiada, que intentó denodadamente poner en pie. O el ideado sobre las abogadas laboralistas de la Transición española, las figura, entre ellas, de Enrique Ruano y Dolores González Ruiz y el criminal atentado de Atocha. Idea que le “pasaría” a Patricia Ferreira, quien tiempo después logró desarrollarla en una serie, Las Abogadas, para Televisión Española, aunque el prematuro fallecimiento de Patricia le impidiera realizar los seis capítulos de que se componía y que alcanzaron un notable éxito de prestigio y audiencia el pasado año.
Un aspecto menos conocido, y sin embargo relevante, de la trayectoria de Josefina Molina fue su labor literaria, no ya en guiones, sino en cuatro libros de muy distintas características. Fue el primero Cuestión de azar, de 1997, novela de claros perfiles autobiográficos que destacaba por la configuración de su protagonista, la joven Dolores Arenas, el acierto de los diálogos y una claridad de estilo similar a la que Josefina mostraba en sus imágenes. A ella le siguieron, en 1999 y 2000, dos relatos históricos de notable valía, En el umbral de la hoguera, dedicado a Teresa de Jesús como complemento autónomo de su serie televisiva; y Los papeles de Becquer, narración ficcionada de los avatares del poeta andaluz. Hasta llegar al libro ya directamente autobiográfico que escribió en el tránsito de uno a otro siglo para la 45 Semana de Cine de Valladolid con motivo del Homenaje que se le dedicó (el primero en su carrera) y que incluía un detallado repaso por su obra fílmica y televisiva. Con el significativo nombre de Sentada en un rincón, es un volumen de Memorias imprescindible para conocer y ahondar en la personalidad de Josefina Molina.
“Sentada en ese rincón [al lado de la cámara o del combo], he visto transformarse la realidad en ficción y la ficción en realidad; un juego apasionante de mil facetas y colores ha puesto ante mis ojos el genio de un actor o actriz en una metamorfosis prodigiosa, la sensibilidad de un operador de cámara, el sentido del ritmo de un maquinista moviendo un “travelling” o la capacidad de un director de fotografía para iluminar un mundo que parecía muerto. En cada película para cine o televisión he vivido una aventura llena de riesgos y sorpresas. No he sabido ni he querido vivir sin estas emociones”, escribiría entonces.
El último tramo de vida de Josefina estuvo dedicado a la defensa y promoción de las mujeres cineastas, entonces en insultante minoría. Por ello contribuyó de forma decisiva a la fundación en 2006 de CIMA, la Asociación de Mujeres Cineastas, al lado de aquellas que habían surgido en la década de los 90, como Inés París, Patricia Ferreira, Cristina Andreu, Isabel Coixet, Eva Lesmes, Icíar Bollaín o Chus Gutiérrez. Una asociación que hoy reúne a cerca de mil quinientas profesionales y ha influido poderosamente en la aprobación de normas en beneficio de la presencia de mujeres en nuestro cine, traducidas en la eclosión femenina que felizmente se ha producido en los últimos años, casi impensable cuando CIMA, de la que Josefina Molina era Presidenta de Honor, fue creada. Aunque todavía quede un amplio camino por recorrer, ya no se da la misma situación que ella denunció tantas veces y que dejó bien patente en su discurso tras recibir el Premio Nacional de Cine en 2019, cuando finalizaba afirmando que “la lucha de las mujeres no es un simple mimetismo, lo que pretendemos es una acción transformadora del mundo. La revolución de las mujeres no es una frase o un deseo, sino algo que está en marcha y es irreversible”.
Después del homenaje del Festival de Valladolid en 2000, le llegarían a Josefina Molina numerosos reconocimientos públicos y privados: la Medalla de Oro de las Bellas Artes en 2006, la Medalla de Oro del Trabajo en 2011, el Goya de Honor en 2012, la Medalla de Oro de Andalucía y su designación como Hija Predilecta ese mismo año, distinciones culminadas por ese Premio Nacional de Cinematografía…, además de su feliz ingreso en nuestra Academia el 26 de marzo de 2017.
En definitiva, y aunque ya se haya convertido en tópico, Josefina Molina fue una precursora, una adelantada a su tiempo, una mujer que rompió moldes en cuantas actividades emprendió, sin que esa continua pugna creativa y social no dejara de pasarle factura en determinados momentos de su vida. Fue una autora que supo expresar un conjunto de pensamientos propios sobre la sociedad que le rodeaba y la de épocas anteriores, destacando por el rigor máximo en la elaboración de sus guiones, un estilo diáfano y directo al llevar a la pequeña y gran pantalla las historias que quiso narrarnos y una comunión absoluta con sus equipos, con sus actrices y actores, a los que entregaba tanto como ellas y ellos le devolvían con creces.
“No sé si el conjunto de mi obra habrá merecido la pena para unos, si habrá sido útil a otros, si habré logrado, aunque sea por un momento, esa comunicación que deseaba. Nunca me han atraído ni la fama ni la popularidad, como buena tímida más bien me dan pavor, y con el dinero tengo una relación vergonzosa y poco conservadora. He buscado el respeto de los demás. He procurado ganarme la vida con mi trabajo, para el que me sentía dotada y que, sobre todo, me gustaba muchísimo”, se preguntaba, con acentos machadianos, al hacer balance de su labor.
Adiós, Josefina Molina Reig. En esta tarde de julio hemos querido recordarte tus compañeras y compañeros de una Academia en la que con tu sonrisa y tu empatía supiste ganarte a todos, también al personal de esta casa que tanto te apreció y a cuantos familiares y amistades nos acompañan. Como dijo ante tu féretro José Carlos Plaza (Pepa, La Pepa, te llamaba siempre), quienes nos quedamos trataremos de ser fieles a tu legado de honestidad, de compromiso para hacer mejor este país y este mundo, de creatividad para saber expresar nuestras preocupaciones y anhelos, nuestras victorias y nuestras derrotas. Descansa en paz. Pero no en la triste paz de los muertos, sino en la de los vivos, la que anhelamos cuantos te hemos llevado y te llevaremos en nuestros corazones.
Y quizá entonces asumamos, al fin, lo que Enmanuel Kant nos anunciaba cuando le diste voz sobre el escenario del Teatro María Guerrero, que “la vida es un tapiz tejido con hilos de locura”…
Muchas gracias.






