La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando rinde homenaje al pintor, grabador e ilustrador Manuel Alcorlo. El arquitecto Rafael Moneo y el musicólogo José Luis García del Busto fueron los encargados de elaborar el elogio institucional.
Manuel Alcorlo (Madrid, 1935-2026) desarrolló una singular trayectoria, en la que confluyeron la literatura, la música y la crítica social. Su legado artístico está marcado por un universo figurativo de extraordinaria personalidad.
Académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 1998, destacó por su maestría en el dibujo y por la fuerte carga simbólica de su obra, inspirada en autores como Goya, Quevedo o Larra. Su retrospectiva Universo Alcorlo, celebrada en la Academia en 2020, confirmó el reconocimiento a un artista fundamental del arte español contemporáneo. El acto contó con las intervenciones musicales del organista Víctor Perea, Andante de la Fantasía en Fa Menor, KV 608, de Wolfgang Amadeo Mozart, y el violinista Víctor Ambroa, Largo de la Sonata nº3 en Do Mayor, BWV 1005, de Juan Sebastián Bach.
La formación inicial del gran artista y académico madrileño a quien hoy recordamos y rendimos homenaje póstumo, el Excmo. Sr. D. Manuel Alcorlo, pasó por la Escuela de Artes y Oficios, la Escuela de Cerámica, el Círculo de Bellas Artes y por la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. En 1955 comenzó a exponer, y enseguida se fueron sucediendo las distinciones: Premios Sotomayor, Carmen del Río, Alcántara, Nacional de BBAA, Rodríguez Acosta… hasta llegar a 1960, año en el que gana, en esta Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el prestigioso Premio Roma que le permitiría residir y trabajar en la Academia de BBAA de España en Roma hasta 1964. Por supuesto, este periodo juvenil romano fue para Alcorlo muy importante: por lo que allí pudo ver, por el bagaje artístico con que regresó y por la propia vivencia de aquellos años, en los que coincidió con otros creadores jóvenes que estaban llamados a ser, como él, artistas del más alto nivel en la España de aquellos años. Entre ellos, el arquitecto Rafael Moneo que, con toda propiedad, fue la persona apuntada por Doña Carmen Pagés, viuda de Alcorlo, cuando la dirección de la Academia le preguntó si tenía preferencia por algún académico o académica para llevar a cabo el discurso de elogio propio de la Sesión Necrológica. Nuestro ilustre colega se mostró feliz por la designación y, como era de prever, pensó inmediatamente en revivir aquellos años de tanta proximidad entre ambos en la Academia de Roma, en los que se fraguó una estrecha amistad que perduraría por siempre y que recibió nuevo impulso en enero de 2005, cuando Rafael Moneo ingresó en esta Academia de la que Manuel Alcorlo era ya miembro desde febrero de 1998.
Pero he aquí que, hace apenas siete años, en el curso académico 2019-2020, esta casa, de la que entonces era yo secretario general, no sin vencer ciertas dificultades que prefiero dar por olvidadas, presentó una exposición monográfica sobre Manuel Alcorlo, titulada “Universo Alcorlo”, para cuyo catálogo se pidió a Rafael Moneo un artículo cuyo tema fue precisamente ese: avivar el recuerdo de los años romanos en los que coincidieron cuando, todavía jóvenes, sus talentos estaban en un proceso de maduración que iba a suponer el pronto despegue de sus brillantísimas personalidades artísticas. Pues bien, Rafael Moneo ha releído aquel artículo y ha considerado que su contenido era adecuado para este fin, sin más que prescindir de alguna referencia irrelevante para los asistentes a este acto, pero, a continuación, por razones absolutamente atendibles, mostró su preferencia por que fuera otro académico, y no él, quien, incluyendo su texto, escribiera y leyera el discurso laudatorio propio de estas sesiones. Finalmente, el secretario general me llamó para decirme que, para pronunciar este atípico discurso a dúo, era yo el académico designado. Hagan como yo hice inicialmente: no se pregunten por qué.
Comienzo a dar lectura del texto de Rafael Moneo:
Cuando en los primeros días de abril de 1963, recién casado con Belén Feduchi y tras un largo viaje por Sicilia, llegamos a la Academia de Bellas Artes de España en Roma, los pensionados con quienes nos encontramos eran los pintores Manuel Alcorlo y Antonio Zarco, el escultor Francisco López Hernández y el músico Amando Blanquer. Los restantes, el pintor Agustín de Celis y el escultor Francisco Toledo, estaban cumpliendo con el preceptivo viaje a que obligaba la Pensión el último año, y el arquitecto Dionisio Hernández Gil no se había incorporado todavía.
En este punto de su texto, Rafael Moneo pasa a recordar a cuantas personas llevaban la Academia de Roma entonces: el director, don Joaquín Valverde, catedrático en la Escuela de Bellas Artes y relevante Académico de San Fernando; el secretario, don Francisco Echauz, discípulo predilecto de Don Joaquín, y profesor en la Escuela de Bellas Artes; el administrador, Doctor Gambino, italiano… Y no olvida Moneo al personal subalterno de aquella casa: el mayordomo Gaspare; un conserje/portero, Angelo; los hermanos Carletto y Mario, que se ocupaban del jardín y de las tareas domésticas; un cocinero, Giovanni; y una asistenta, romana genuina, llamada Antonietta. Tras el recuento -y sigo con la literalidad del texto ya sin interrumpirlo- escribe Moneo que…
…había que hacerlo para que se entienda bien el significado que tiene el decir que eran Manuel Alcorlo y Antonio Zarco los auténticos dueños y señores de aquella casa. El escultor Francisco López Hernández y el músico Amando Blanquer ‒casado el primero con la pintora Isabel Quintanilla y el segundo con Rosa Cots‒ vivían en la Academia y hacían uso de sus estudios durante el día, pero se veían obligados a abandonarla por la noche, ya que las normas de la Academia no permitían pernoctar en ella a quien no fuera pensionado. De modo que quienes campaban a sus anchas y hacían en verdad de la Academia su casa eran Manuel Alcorlo y Antonio Zarco.
No conocía ni a Alcorlo ni a Zarco pero sabía de ellos, ya que tenía otros amigos que habían estudiado en la Escuela de Bellas Artes. Ambos habían sido alumnos distinguidos y premiados. Gozaban de alta estima entre sus compañeros y se les juzgaba como prometedores pintores en años en que la ortodoxia académica se había visto alterada, sea por el auge de la pintura abstracta, sea por la nueva vía para la pintura realista abierta por Antonio López. Muy distintos de carácter ‒ y puede que también de lo que era su visión de la pintura‒ los años de formación en la Escuela habían dado lugar a una amistad entre ambos leal y sincera. Nos recibieron todos, tanto Manolo y Antonio, como Paco e Isabel, y Amando y Rosa, generosamente, con los brazos abiertos; compartimos inmediatamente con ellos el pan y la sal y, a lo largo del tiempo que vivimos juntos, se fraguó entre nosotros una fraternal relación que ha durado tanto como nuestras vidas.
Alcorlo y Zarco estaban felices en Roma. Y en verdad que había motivos para que así fuera. Disponían en Roma de lo que podía considerarse como sueño de todo artista desde finales del siglo XVIII, al contar como estudio con aquellos dos torreones que hacían presente a la Academia en el perfil de la ciudad. Tendrían estos estudios no menos de 8×8 metros en planta y una altura como de 6 metros, con gigantescos ventanales orientados a norte y con espléndidas vistas desde el Gianicolo sobre la ciudad. Cada uno lo había acomodado según sus gustos y costumbres. En el de Manuel Alcorlo se amontonaban libros, marionetas, maniquíes, cerámicas, fotografías, máscaras, flores, sombreros, recuerdos de viajes… y, naturalmente, dado que Alcorlo era ya entonces un consumado violinista, partituras, atriles y varios instrumentos a los que prestaba el mayor cuidado. Siempre sonaba un tocadiscos en el que se alternaba la música clásica con las canciones de Mina y Rita Pavone. Cabría reconocer en el aparente caos un cierto orden subyacente que permitiría hablar de cuánto en la obra de Alcorlo, a pesar de la voluntad de dar paso a lo inconsciente, está siempre presente la razón. Cuadros grandes y pequeños, telas, botes con pinceles, grabados a medio hacer, útiles para la estampación, incluso quiero recordar un pequeño tórculo.
Alcorlo había recalado en la Academia después de uno de aquellos largos viajes a que obligaba el reglamento, viajes que debían quedar documentados mediante el sellado del pasaporte todos los meses en un consulado de España. Alcorlo volvía entusiasmado de Grecia, de la Grecia monumental y clásica pero también del paisaje de un Mediterráneo no muy distinto del nuestro, pero con matices propios que pronto se descubrían en aquella colección de óleos, guaches y acuarelas que había traído consigo. Los recuerdo bien. Los paisajes de Creta que nos mostraba Alcorlo eran fiel reflejo de lo que veía. No se puede decir que fuesen simplemente realistas o que continuasen la tradición paisajística establecida por los impresionistas. Eran otra cosa. Directos, frescos, inmediatos, mostraban la habilidad del pintor capaz de someter su pincelada y la textura de la materia a lo que requería el documentar aquellos campos ante los que se había sentido extasiado. Aquellos hermosos campos cultivados griegos le llevaban a pensar que podía ilustrar las obras de Virgilio que con tanta emoción descubría al leerlo en italiano, sintiéndose feliz al reconocer que la lengua que con tanta facilidad había aprendido en el Trastévere le permitía acceder a autores clásicos que para él hasta entonces eran tan solo figuras con relieve en los libros de texto de bachillerato.
Pero no eran tan sólo la Roma en la que el mundo clásico estaba presente, ni la Roma eclesiástica y barroca aquellas que atraían más a Alcorlo, quien sentía verdadera devoción por el pueblo llano de Roma, por las gentes que poblaban sus mercados, por aquella Roma de la que son algunas películas de aquellos años los documentos que más elocuentemente nos cuentan lo que la ciudad era. En cuanto podía, Alcorlo estaba en el Trastévere dispuesto a comprar ‘il giornale’ o uno de aquellos ramos de flores que llenaba de color su estudio y que luego aparecerían con tanta frecuencia en sus cuadros. Los cuadros de Alcorlo de mayor porte reflejaban ya entonces el mundo al que se sentía próximo y que con tanta facilidad encontraba en las calles y plazas de Roma, un mundo que le serviría de marco para proyectar en él sus sueños. Generales y funcionarios engalanados, llenos de condecoraciones sobre sus uniformes, niños capaces de jugar con cualquier cosa, máscaras compradas por unas pocas liras en Porta Portese… se asoman a sus cuadros mostrándonos la precariedad de una vida social en la que el individuo debe comportarse con la astucia de que hacía gala el Lazarillo.
Alcorlo no abandona la figuración, bien al contrario, hace uso de ella para explorar qué sentido tienen las categorías abstractas de las que hablan sus contemporáneos. Prefería que sus pinturas sirviesen para ilustrar un poema, más que para servir a principios estrictamente formales como predicaban sus compañeros más inquietos. Cuadros de gran formato en las paredes de su estudio, inacabados muchos, esperando el día en que ver claro cómo desprenderse de ellos y darlos por terminados, liberándose así de sus obsesiones, pero que entre tanto nos hacían pensar en una obra que había que contemplar en su conjunto, ya que se resistía a ser reducida a toda clasificación o al servicio de un solo género.
Y en los corredores de la Academia, dos cuadros de gran tamaño para cumplir con el mandato reglamentario que exigía que los pensionados hiciesen copias de pintores italianos consagrados. Zarco había elegido unas escenas venecianas de Gian Domenico Tiepolo que están en Ca Rezzonico y Alcorlo un fresco de Signorelli. Uno y otro habían tenido que pintar los cuadros ‘in situ’ y Alcorlo cuenta todo lo que tuvo que hacer para poder acceder, ver de cerca la obra de Signorelli. La opción puede parecer extraña, pero descubre el afán de Alcorlo por rescatar la obra de pintores no tan populares, como Signorelli, aunque hay que considerarlo como precursor de la gran pintura al fresco italiana.
En esta elección se advierte, una vez más, su interés por que la pintura sirva a un relato y puede que sea este afán por contar cosas, por ilustrar, el que hace que el dibujo se convierta en una de las técnicas a las que dedica más atención. De su talento y habilidad como dibujante ha dado muestras Alcorlo a lo largo de su fructífera carrera: dibujos a lápiz, a tinta china y pluma, con carboncillo, grabados en madera o en linóleum, en cobre, bien sea haciendo uso del ácido o de la punta seca, litografías, serigrafías… Todos los géneros, todos los soportes, todas las técnicas, le han permitido contar, decirnos todas esas historias que ocupan su vida interior, a la que alimenta su voraz capacidad lectora. El dibujo es en sí mismo un procedimiento que invita a la figuración y Alcorlo fue fiel a ella haciéndonos partícipes de todo lo que fueron sus fantasías y obsesiones.
Quisiera dar fe de las extraordinarias dotes para el dibujo de Alcorlo. Veo todos los días el retrato que hizo de Belén, en enero de 1964, y recuerdo vivamente las circunstancias en las que se produjo. Sosteniendo con ayuda de su mano izquierda el cartapacio sobre el que reposaba una hoja de papel, sin encaje previo a lápiz, y con una pluma de ave que de cuando en cuando afilaba, alumbró ‒haciendo uso de la tinta china‒ un dibujo en el que uno no sabía bien qué admirar más, si la fidelidad del retrato o la técnica de que hacía gala Alcorlo. Creo que él mismo quedó sorprendido de su acierto y pidió lápices de colores para iluminar la túnica que Belén llevaba en aquel preciso momento, que quedó así preso para siempre en aquella hoja de papel.
Después de aquel dibujo que ha hecho que Alcorlo y aquel momento hayan vivido siempre con nosotros, poco faltaba para que Manuel Alcorlo y Antonio Zarco nos dejaran. Habían cumplido con los viajes; habían hecho los envíos reglamentarios; la estancia en Roma había que darla por terminada. Había ahora que hacer las maletas. Que recoger todo lo vivido en aquellos años romanos. Días duros empaquetando cuadros, bastidores, cuadernos, máscaras, pinceles… El vacío que dejaban en la Academia los torreones abandonados por unos meses, pronto se colmaría con las ilusiones de unos nuevos pensionados que, como ocurrió en nuestro caso, iban a comenzar a tejer el tapiz de aquella amistad que se genera de por vida entre los pensionados en Roma.
Y aquí termina la cita. En sus bellas, emotivas y justas palabras, Rafael Moneo, como no podía ser de otra forma, destaca la alta capacidad de Manuel Alcorlo para el dibujo y para la ilustración. Y esto, precisamente esto, fue lo primero que yo aprendí en la Academia, y permítanme que evoque cómo fue. En el año 2013, llegado el día de la gran fiesta de esta casa, el día de San Fernando, yo era Académico Electo y estaba en el trance de escribir el discurso cuya lectura estaba prevista para el siguiente octubre, como así fue. Pero la Academia acostumbra a invitar a los académicos electos al almuerzo que los numerarios disfrutan ese día tan especial en la propia Academia. Y así, llegué a la gran mesa con ilusión y con la lógica curiosidad por conocer junto a qué académicos iba a estar. Tuve mucha suerte: me situé entre el arquitecto y académico de la Lengua don Antonio Fernández-Alba y el pintor, dibujante y grabador don Manuel Alcorlo. (Ciertamente, cualquier otra ubicación entre semejante cúmulo de personas ilustres hubiera sido una suerte para mí). Ambos estuvieron conmigo exquisitamente corteses y hablamos, entre otras muchas cosas, de la música que nos unía. Don Antonio Fernández-Alba no recordaba -pero lo revivió enseguida- que él había intervenido como orador en el acto de presentación de mi primer libro, una biografía de Luis de Pablo. Luis de Pablo no solo era amigo suyo, sino que vivía entonces, y vivió durante años, en Alpedrete, en un chalet que le construyó el propio Fernández-Alba. Por su parte, don Manuel Alcorlo, manifestó conocerme a través de escritos y de programas de radio y, por supuesto, se apresuró a contarme que tocaba el violín… Así transcurría el almuerzo cuando Antonio, salvando mi posición intermedia, se dirigió a su colega: “Manolo ¿es que vas a dejar que se vaya de esta comida el nuevo académico sin un recuerdo tuyo?” Y, para que no tuviera excusas, le alargó una de las cartulinas, tamaño cuartilla, que se distribuían a lo largo de la mesa con información detallada del menú y que, por supuesto, estaban en blanco por la parte de atrás. Manolo (aquel mismo día me dijo que le llamara así), como si hubiera sido una escena no solo prevista, sino ensayada, eligió el rotulador adecuado de los que llevaba en el bolsillo y, sin apenas sitio en la mesa para moverse, con pulso firme y largos trazos continuos, en unos segundos dibujó el busto desnudo de una bella sirena, acaso sentada sobre una roca, que nos miraba complacida de que la miráramos, con la melena ondulada por la brisa y un mar tranquilo de fondo, con presencia de un velero. “¡Lo de este hombre es increíble!”, dijo Antonio. Y sí. Lo era. Por supuesto, hice enmarcar ese dibujo, obligando a que quedara visible el reverso, donde consta la fecha y la ocasión en que se hizo, y se certifica que los académicos no nos quedamos con hambre aquel día.
Luego, incorporado a la actividad normal de la Academia, tuve otras muestras de la generosidad de Manuel Alcorlo: una tarde de lunes, antes de entrar a la sala de Plenos, me comentó su pasión por una obra de Schubert: el cuarteto conocido como “La muerte y la doncella”. Por sus palabras, enseguida deduje que conocía bien esta obra de cámara, pero no el Lied schubertiano que nutre el movimiento lento del cuarteto al cual ha dado nombre. El lunes siguiente le llevé una grabación del Lied, original para voz y piano, así como el texto alemán de Matthias Claudius que se canta y su traducción al castellano. Días después me invitó a su casa y me mostró varios dibujos, bien distintos y a cuál más hermoso, inspirados en este diálogo siniestro entre la Muerte personificada y la ingenua muchacha. Naturalmente, se trataba de un “tema con variaciones”, una serie que era una versión en dibujo de la misma forma musical que Schubert había empleado en el movimiento cuartetístico que fascinaba a Alcorlo. Uno de los dibujos, maravilloso, elaboradísimo, en tinta, lo había hecho para regalármelo y, a lo largo de aquella charla, quieras que no, metió en la misma carpetilla varios dibujos más sencillos -pero tan bellos- sobre el mismo tema… En fin, en varias visitas posteriores a la singular casa-estudio del matrimonio Carmen Pagés / Manuel Alcorlo, este me dio a conocer otros trabajos de óptimo ilustrador de libros de poesía o de relatos fantásticos, como el de Alicia en el país de las maravillas o de clásicos de nuestra literatura, como El lazarillo de Tormes o El coloquio de los perros,verdaderamente magistrales. Y la casualidad ha querido que, pocos días antes de morir Manolo, recibiéramos el libro de la próxima temporada de ópera del Teatro Real, la 2026-27, libro salpicado de admirables dibujos de Manuel Alcorlo, realizados en distintos momentos de su carrera e inspirados en las obras programadas para la próxima temporada. Enseguida le llamé para felicitarle, y aquella breve charla, más breve y menos fluida que las de antaño, fue mi último contacto con él.
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Ya hemos mencionado alguna vez a Doña Carmen Pagés, compañera de vida de Alcorlo durante más de cincuenta años, pero es de rigor decir aquí que Carmen Pagés -su querida Carmeta-, gran artista, excelente pintora es, sobre eso, una extraordinaria mujer que con el mejor espíritu ha dedicado gran parte de su energía vital -incluso física, en el período más reciente- a procurar las condiciones para que Manuel Alcorlo fuera feliz y pudiera dedicarse de lleno a su pasión: la pintura, la ilustración, el dibujo, el grabado. Ella misma me he hecho llegar unas líneas manuscritas referidas a su vinculación con Manuel, que leo para ustedes:
En un viaje con Alicia Ríos me hablaba con entusiasmo de Alcorlo, de su creatividad, de su sentido del humor, de su alegría de vivir, de su generosidad… y me dijo que estaba segura de que iba a llevarme muy bien con él. Ya en Madrid, me presentó a Alcorlo y no hemos vuelto a separarnos: 56 años de convivencia las 24 horas del día. Todo fluía, como el río que va creciendo con las aguas que le van llegando. Alcorlo pintando entusiasmado, Alcorlo tocando el violín, Alcorlo pasando el aspirador, Alcorlo siempre feliz, siempre cercano, siempre entrañable… Alcorlo leyendo en voz alta discursos surrealistas… Siempre ha disfrutado leyendo en voz alta. El primer libro que me leyó fue Cien años de soledad y siguieron otros muchos, por la noche, mientras yo tejía para toda la familia jerseys “variopintos y multicolor”, como decía Manolito. Todo nos unía, la pintura, los amigos comunes y entrañables, nuestro amor a la naturaleza y a la cultura, nuestros hijos Paloma y Martín, siempre con nosotros hasta que volaron.
Pero llegó la enfermedad, el parkinson, al principio un ligero temblor en la mano derecha. Lamentablemente iban aumentando las limitaciones que, poco a poco, complicaban su movilidad hasta llevarle a la silla de ruedas. Manolito asumió su nueva realidad estoicamente, sin una queja. Seguía dibujando todas las mañanas con su inseparable Radio Clásica. Más de veinte cuadernos con dibujos extraños realizados con una voluntad asombrosa. Por las tardes seguía leyendo en voz alta. Algunas veces le costaba expresarse y, a pesar de sus esfuerzos, los sonidos eran incomprensibles. Manolito se esforzaba por expresarse sin quejarse nunca, mientras el deterioro continuaba. Ya no podía estirar los dedos, le costaba vocalizar, sostenerse… nunca perdió la lucidez, nunca se quejó. El parkinson le iba atrofiando lentamente: ni una queja. Solo me decía: Carmetina, quédate conmigo.
Gracias, Carmen, por tu trascendente contribución a que hayamos podido disfrutar de la vida y de la obra de Manolo, llevando a cabo junto a él una trayectoria artística y humana admirable que has descrito tú misma en las emotivas líneas que acabo de leer y que, no hace mucho, habías definido de la manera más bella y concisa en un párrafo publicado que concluía así: “… superando problemas y prescindiendo de lo inútil, en un continuo viaje hacia la belleza y los afectos”.
De manifestaciones culturales ajenas a la pintura gozaba también continuamente la pareja Alcorlo-Pagés: Carmen se ha referido a la práctica de la lectura en voz alta: como músico que era, Manuel Alcorlo encontraba que la sonoridad de las palabras añadía un plus a su significado. Y la música, como ha quedado reflejado y es bien conocido, era para él no una afición, sino una necesidad. ¡Con qué pena me hablaba en sus últimas presencias en la Academia, o en alguna conversación telefónica, de que ya no podía tocar ciertas cosas y, sobre todo, de los días que a veces pasaban sin haber abierto el estuche del violín! (lo que daba a entender que, otrora, tocar el violín era actividad cotidiana).
He visto, en casas de músicos amigos comunes, como las de los compositores Ramón Barce, Carmelo Bernaola, Antón García Abril o Joan Guinjoan, o la del violista Emilio Mateu, sus formidables retratos y, en este punto, no puedo dejar de citar la exposición en la que el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid mostró en 2020 una auténtica galería de retratos de músicos realizados por Alcorlo. Pero ha dejado grandes obras en las temáticas más diversas. Entre las pinturas más admiradas -y especialmente queridas por él- están las pinturas al fresco del techo y de los arcos de la iglesia de San Nicasio, joya arquitectónica de Ventura Rodríguez en el municipio madrileño de Leganés: pese a sus notables problemas físicos, que afectaban especialmente a su movilidad, Manuel Alcorlo trabajó durante meses en esta obra, subido a andamios a considerable altura. Pero estamos en la Academia, en la que no hace tanto pudimos admirar la magnífica exposición monográfica a la que me he referido al principio; estamos en esta casa a la que el gran artista hoy homenajeado donó el maravilloso óleo que luce en la tercera planta y que la Academia ha tenido a bien traerlo aquí, para que los asistentes a este acto lo recuerden y lo disfruten, titulado La patera de los ricos, pintado hace casi treinta años, pero que ahí sigue, proclamando su lacerante actualidad, y que es una obra maestra, y un prototipo del estilo pictórico de Alcorlo, en el que siempre hay altísima calidad de dibujo, sentido crítico, capacidad de penetración psicológica, expresión humanista… y humor, un suave humor que mueve a la sonrisa, pero también un humor no pocas veces ácido, a menudo teñido de ironía y que, en ocasiones, llega al sarcasmo. Además de La patera de los ricos, podemos admirar otro óleo de Alcorlo -habitualmente no expuesto en el Museo-, titulado de manera más abstracta (Composición) y que participa también de los caracteres definitorios de la personalidad de Alcorlo como dibujante y como pintor.
Cuando, hace unos días, visité a D. Rafael Moneo en su estudio, para someter a su aprobación las pequeñas abreviaturas que había hecho de su texto para incluirlo en este singular discurso a dúo quería, sobre todo, oírle hablar con la sabiduría de que siempre hace gala. Oírle hablar de la personalidad artística que Manuel Alcorlo ha desarrollado en voz baja, sin alharacas, sin emplear un átomo de energía en tareas de autopromoción (algo tan en boga hoy, como en cualquier tiempo). Como final de aquel rato tan enriquecedor para mí, Rafael Moneo me dijo que no se podía evocar la figura de Alcorlo sin ponerla en relación con tres hitos de nuestro pasado cultural: Goya, Quevedo y el Lazarillo.
Y así es. Los cuadros, y acaso con mayor fuerza los dibujos y grabados goyescos fueron para Alcorlo permanente acicate intelectual, motivos de inspiración y modelo, no tanto en cuanto a la forma, sino más bien en lo que atañe a postura crítica y a capacidad para reflejar la psicología de los personajes dibujados y la moraleja de las escenas representadas. En cuanto a Quevedo, autor al que ilustró genialmente con dibujos y grabados, es bien significativo que el tema del discurso de ingreso en esta Real Academia de Manuel Alcorlo lleve por título Variaciones peripatéticas con Quevedo al fondo (nótese la alusión a un procedimiento musical, las variaciones). El Lazarillo, apuntado por Moneo quizá no es tan citado en los trabajos sobre el arte de Alcorlo, pero, a quienes no conocieran esta vinculación y se interesen por ello, les ahorro pretenciosas argumentaciones mías y les recomiendo el libro publicado en 2020: el Lazarillo de Tormes en edición cuidada por Adrián J. Sáez e ilustrado genialmente por Manuel Alcorlo: no cabe mejor ni más honda comprensión de un personaje, mayor identificación, más lúcida expresión de un modus vivendi que las que revela Alcorlo en esta obra de la que tuvo a bien regalarme un ejemplar dedicado. Por supuesto, las vinculaciones de la pintura de Alcorlo con la literatura española se pueden multiplicar: por ejemplo, el historiador de arte Antonio Bonet Correa -de tan larga y relevante presencia en esta Academia-, incluía certeramente la literatura periodística de Mariano José de Larra entre los motivos de inspiración para Alcorlo. Pero, modestamente, aún me atrevería yo a añadir una sugerencia literaria que relaciono con el mundo figurativo de Alcorlo: Valle Inclán. Nunca le oí referirse a él de palabra, pero en la colección de “Pliegos de pensamiento vivo” que editó la Academia en 2018, uno de estos pliegos fue escrito por Alcorlo, y en él leemos: “Valle Inclán sale de su monumento en Recoletos y pasea por el retiro sin su brazo, pero regalándonos su verbo, sus imágenes carpetovetónicas, mágicas”. Y ¿acaso el cosmos figurativo de Alcorlo no está lleno de imágenes carpetovetónicas y mágicas?
No voy a extenderme en la valoración estética de la obra de Manuel Alcorlo. La mayor parte de las personas reunidas aquí conocen muy bien su obra y, en caso contrario, saben muy bien a dónde acudir para leer los datos de su biografía y de sus hitos expositivos. Por lo demás, no soy crítico de arte y ya he arriesgado bastante. Mi misión hoy y aquí era la de ser vehículo de un texto de Rafael Moneo y la de evocar la entrañable personalidad humana -tan cercana, tan abierta a sus amigos- de un hombre bueno y un artista ejemplar del que sí me atrevo a destacar con énfasis su singularidad: no conozco precedentes ni consecuentes evidentes de su obra. En mi opinión, Alcorlo empezó siendo Alcorlo y ha terminado cerrando el “capítulo Alcorlo” de la historia del arte pictórico contemporáneo español. Esto, que siento desde que lo conocí, lo puedo expresar ahora con tranquilidad porque me siento respaldado por la enorme autoridad en la materia de nuestro compañero Víctor Nieto Alcaide, quien se ha referido a la carrera artística de Alcorlo en un lúcido trabajo significativamente titulado “Una trayectoria en solitario”.
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Y nueva referencia a la música: llegamos, por fin, a la Coda:
“El primer mérito de la pintura es ser una fiesta para el ojo”, predicó Eugène Delacroix: según esto ¡cuánto mérito en la pintura de nuestro compañero académico hoy homenajeado! Esta idea la hizo muy suya Manuel Alcorlo en su discurso de ingreso en esta Academia, y la tradujo en una frase que considero muy definitoria de su manera de ser, de su personalidad creativa y de su propia obra: "Busco que el cuadro sea una fiesta, pero sin prescindir de la razón".
Muchas gracias.
José Luis García del Busto
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
Madrid, 29 de junio de 2026









